Un día nos conmovimos por la muerte de la madre Teresa de Calcuta. Una existencia que, arrancando de los Balcanes, en el cuadro de una familia cristiana en el espacio de una mayoría islámica, generó un personaje admirable. Asumió la vida como solidaridad con el otro. La madre Teresa lo entendió bien: no quiso hacer cristianos, sino ser ella cristiana en el cuadro de una cultura inmensa de mayoría hindú y musulmana. Unos y otros lloraron su muerte. Ahora, a sus 100 años, ha terminado su vida memorable la hermana Emmanuelle, misionera. Hija de una familia rica (él francés, ella belga); infancia feliz. Su destino parecía trazado. No fue así. En 1914, su padre se ahoga en una playa de Ostende. Madeleine Cinquin tenía seis años. Vio los esfuerzos de su padre para salvarse. No pudo. Esa trágica escena marcó su vida y, según ella misma, la decidió. En 1929 entró en la orden de las religiosas de Notre-Dame de Sion. Se formará —la palabra es exacta— en los suburbios de El Cairo, en Egipto. Vivirá en la pobreza, atenderá a los leprosos y se transformará, riente y feliz, en uno de los personajes más populares de Francia. Ante la pobreza y la ignorancia será una voz firme y ante la miseria y los embarazos ella misma repartirá la píldora. No dudará, ese ser testimonial, de hacer públicas sus opiniones: “Los curas deberían casarse”. Ella, por sí, defiende los votos de pobreza, castidad y obediencia, pero no duda en replicar. A los pobres les habla de “tú”. A los grandes: “En árabe no se conoce el usted”. Y a presidentes y grandes de la Iglesia emplea el “tú” inmediato recordando esa idea del árabe donde —dice ella— el “vouvoiement n’existe pas”. Confesó que estuvo enamorada de un profesor amigo suyo, pero no cedió al amor. Cuenta que cuando tenía 70 años recibió una carta de él y que, pese a su edad, se emocionó. Nunca abandonó sus deberes. Su cabaña en los barrios multitudinarios de los pobres era el mínimo vital y, para ella, de sobra. Su risa perpetua y su participación en la vida cotidiana son o fueron recuerdos colectivos. Viajera del mundo de la pobreza ha contado, y Le Monde lo recupera, que regresando a Egipto desde Filipinas, supo que muchos de los viajeros habían ido a Asia en busca del sexo fácil y, peor, de los niños. No pudo contenerse: “Si tuviera una bomba, hubiera sido un kamikaze; habría explotado el avión”. Amiga del famoso Abad Pierre, el ojo y la lengua de los pobres en Francia, fue condecorada por el presidente Jacques Chirac, y Nicolas Sarkozy y su esposa de entonces, Cecilia, la visitaron. Paris Match, la famosa revista francesa, le preguntaba un día si sabía las causas por las cuales se había convertido en uno de los personajes más populares de Francia. Contestaba: “Criticada o censurada para mí es lo mismo. Gracias a los que me aman y gracias a los que no me aman. ¿Por qué una vieja de 100 años interesa a los franceses? Quizá a causa de mi espontaneidad natural… yo no sé nada de mí misma…”. Decía una cosa curiosa y divertida, que leía libros religiosos y saboreaba los evangelios, pero que leía en inglés a Agatha Christie en la noche para dormirse, en vez de contar corderos… ¿Qué pensaría Agatha Christie del uso que le daba a sus novelas de misterio una monja peregrina de los suburbios? Valerosa y humilde, sincera y lúdica, no dudó en decir un día —seguramente no sabía lo que ganaban los banqueros que han tenido que ser salvados por los estados— que no le perturbaba saber que algunos patronos ganasen verdaderas fortunas, pero que le resultaba insupportable que no lo repartieran… Madeleine Cinquin, soeur Emmanuelle en religión, ha muerto a los 100 años. Su hermana María Luisa a los 101; su hermano a los 80. Su cama de hierro. Su habitación de la pobreza con cruces y cristos orientales. Acaba de morir. Una pausa en este tiempo alzado. |