Casi dos años después de empezar, el espectáculo político más caro del mundo está a punto de concluir.Han sido veintitantos meses de discursos, anuncios, análisis y comentarios, de lanzamientos de candidaturas, de ascensos y declinaciones, éxitos y fracasos, ilusiones y decepciones, de todas las emociones que sólo una campaña presidencial puede suscitar. Un año completo de precampañas en 2007 y lo que va de 2008 de campañas más o menos formales fueron captando paulatinamente la atención del público, primero en EU y luego en todo el mundo. Hoy no hay rincón del globo en el que alguien no esté interesado en lo que resultará del proceso electoral del país más poderoso e influyente de la Tierra. Antes, se solía decir que la democracia estadounidense trascendía sus fronteras por lo que representaban sus valores, sus creencias, sus ideales. Desde De Tocqueville hasta manifestantes en Praga, Varsovia o Birmania, millones de personas han analizado, escudriñado, idealizado este sistema que todavía hoy pretende ser guía y modelo más allá de sus fronteras. El liderazgo estadounidense ha representado distintas cosas en distintos momentos de la historia. Si en un inicio, tras 1776, muchos buscaron replicar la sublevación contra una monarquía colonizadora y distante, no pasó mucho tiempo antes de que el modelo de democracia federalista, de derechos y garantías individuales, de aprecio por la iniciativa empresarial se convirtiera en una de las opciones más copiadas e imitadas. Independientemente de la calidad de las imitaciones y de la dolorosa travesía que han sufrido esos ideales cuando se les busca trasplantar artificialmente a otras sociedades y naciones, es innegable que el “modelo estadounidense” se consolidó con el paso de los años hasta convertirse primero en una de las opciones preferidas y después, para algunos, en la que había supuestamente triunfado en una contienda, la guerra fría, en la que las alternativas ideológicas quedaban confinadas en el basurero de la historia. Pero la historia es necia y los valores no lo son tanto, y de los teóricos del “fin de la historia” y del “choque de las civilizaciones” que creyeron ver el triunfo del modelo de la democracia liberal y de los mercados abiertos no quedaron mucho más que justificaciones y explicaciones retóricas. Habiendo arrancado con tan buenos augurios, el modelo estadounidense ha debido enfrentar al paso del tiempo, que le ha resultado más adverso que cualquier contrincante ideológico o religioso. Los excesos del capitalismo y las limitaciones de la democracia han resultado en el triunfo del dinero y los particulares sobre el interés común, del fundamentalismo y el fanatismo sobre la lógica y la razón, del odio y la inquina sobre la concordia y los valores de la sociedad. En todo caso, la estadounidense sigue siendo una sociedad a la que muchos aspiran, “el peor sistema posible con la excepción de todos los demás”, lo llamaba Churchill, que algo sabía de los choques entre formas diferentes de gobierno. Hoy, en medio de una crisis económica y financiera sin precedentes, apenas unos años después de uno de los grandes fiascos electorales de tiempos recientes, que resultó en la victoria inmerecida de un presidente que devaluó todo lo que tocó, ya fueran valores, creencias, superávits o prestigios, EU llega a su día definitorio con un nivel de entusiasmo y de participación ciudadana que le augura mejores tiempos. La democracia estadounidense se prepara para un proceso de renovación que demostrará, gane quien gane, que el secreto de la longevidad de un sistema radica en su capacidad de reinventarse, de renovarse, de contradecirse. El resultado importará, por supuesto, pero la salud de este desahuciado hablará por sí misma. |