Primero, por casi una década (1986-1994) y 500 títulos, con Marta Acevedo, creadora y fundadora del proyecto, y luego, por unos años más, con Felipe Garrido, los Libros del Rincón funcionaron de modo espléndido en las escuelas, hasta que, literalmente, los mandaron al rincón... y les echaron llave. Los Libros del Rincón que Marta Acevedo ideó y publicó para los Rincones de Lectura (Secretaría de Educación Pública), en cada salón de clase, eran libros hechos no sólo con mucho tino y gran conocimiento, sino con indudable amor por lo que se hacía: libros para que los niños de las escuelas públicas leyeran por gusto y no por obligación y, junto con ello, como complemento necesario, otros más para los maestros y los padres de familia, pues “¿cómo formar lectores, crear un ambiente alfabetizador (en su sentido más amplio), si los adultos más cercanos a los niños no tienen otra idea, otra práctica de lectura?” A decir de su creadora, los Libros del Rincón consistían en “un pequeño paquete de libros destinado a cada salón de clase. [...] Nos percatamos pronto de que los alumnos entendían la lectura como una actividad destinada a ser evaluada. Nos dimos cuenta también de que para una parte importante de esa población el término ‘libro’ era sinónimo de ‘libro de texto’. En opinión de los maestros, toda lectura debía calificarse y podía servir para evaluar el desempeño de los alumnos. ‘¿Qué te enseñó ese libro?’, preguntaban. ‘De lo que leíste, ¿qué sirve para mejorar tu vida?’ ‘Hagan un resumen de lo que leyeron’...” “Ante esas evidencias —concluye Marta Acevedo—, hicimos a los maestros sugerencias de ‘sentido común’: no realizar actividades obligatorias a partir de los Libros del Rincón, programar 40 minutos a la semana para que los niños leyeran a placer, escribir a partir de las lecturas y permitir que los niños escogieran el libro que quisieran leer. Deseábamos promover ‘las ganas de leer libros’, de leer por gusto, en contraposición a la lectura ‘instrumental’ —esa modalidad sometida a la evaluación que elimina las ganas de leer a muy temprana edad”. Un día, luego de medio millar de títulos publicados y cuando el programa mostraba ampliamente sus beneficios, Marta Acevedo fue relevada y, poco tiempo después, los Libros del Rincón y los Rincones de Lectura se convirtieron en otra cosa. Hoy, los Libros del Rincón están arrinconados en las aulas y bajo llave, tal como refieren, con insistencia, los propios maestros de las escuelas que, contra todo el optimismo grandilocuente de muchos funcionarios, denuncian en encuentros, seminarios, congresos y coloquios que en las escuelas nadie quiere hacerse cargo de las llamadas Bibliotecas de Aula, porque “si un libro se pierde se lo cobran al que tuvo la fatalidad de ser elegido como encargado de la colección”. Durante las conferencias que imparto a maestros, siempre se hace pública esta queja que las autoridades desestiman, fingen desconocer y, lo que es peor, impugnan delante de los propios maestros a fin de no ver lastimada su “autoridad” ni disminuida su visión optimista de las cosas con las que “justifican” sus puestos y sus salarios. No pocos funcionarios, encargados de la de la lectura en las escuelas, tratan a los profesores como si fueran niños que no saben de lo que hablan. Me consta. Por ello, el gran problema, en la escuela o en cualquier otro ámbito, es que la lectura no puede funcionar con esa mala burocracia que no admite siquiera el diálogo, no ya digamos la disensión. Mientras nos sigamos engañando con triunfalismos, la lectura en la escuela seguirá en el rincón... y bajo llave. |