Todas las apuestas, todos los pronósticos favorecen en este momento al candidato del Partido Demócrata, y las discusiones y las charlas de café giran más en torno a cuán grande será el margen de su victoria y a si podrá contagiar con su triunfo a sus correligionarios que compiten por escaños en la Cámara de Representantes o el Senado, o por algunas de las 11 gubernaturas que estarán en juego el 4 de noviembre. Además de los cargos públicos, 61 iniciativas de todo tipo serán sometidas a votación en 16 estados de la Unión Americana, que van desde las que buscan promover o limitar el aborto o el matrimonio entre homosexuales hasta las que pretenden endurecer penas para actividades criminales o las que quieren aumentar o recortar los impuestos. Éstas iniciativas prueban que la democracia estadounidense se mantiene viva gracias al activismo que impulsa la participación en temas que verdaderamente interesan a los ciudadanos y a las comunidades en las que viven. No hay mejor termómetro de hacia donde se dirige una sociedad que la intervención directa de sus habitantes en los asuntos que les atañen y no hay mejor medida de la salud de un sistema político que la participación civil en ejercicios de democracia directa, trátese de referendos, de iniciativas ciudadanas o de procesos electorales tradicionales. En dos de esos tres aspectos EU goza de cabal salud, con todos los muchos defectos del sistema electoral, que incluyen la no elección directa del presidente, la descentralización extrema que lleva a tener reglas distintas en cada estado hasta para las elecciones federales, las reglas arcaicas del Colegio Electoral, la influencia excesiva del dinero y de los medios y la facilidad para manipular los procesos antes, durante y después de la votación. Muchos de los conceptos electorales en EU datan literalmente del siglo XVIII, de los años fundacionales de una nación que nació como respuesta al centralismo británico, a la falta de representación política adecuada para las provincias, a la necesidad de compensar con medidas federalistas los excesos del monarquismo. Las elecciones del 2000 y el 2004 pusieron en evidencia lo anticuado y arcaico del modelo, pero las medidas propuestas para mejorarlo y actualizarlo fueron claramente insuficientes. No obstante la inyección de más de tres mil millones de dólares para actualizar la maquinaria electoral y las listas de votantes, el 4 de noviembre muchos se toparan con equipos que son los mismos que se usaron en el 2000, como las tristemente célebres maquinitas perforadoras de Florida, o con padrones rasurados en los que muchos ciudadanos no aparecen registrados y están en peligro de no poder votar. Si a eso sumamos las campañas negativas que buscan inhibir la participación y el manejo del miedo como herramienta propagandística, veremos que queda un pequeño margen de incertidumbre que —aunque mínimo— todavía puede alterar las cosas. El último jalón de los candidatos ya está dado. McCain ha tenido que concentrarse en estados que hace unas semanas eran considerados seguros y que hoy se le tambalean, mientras que Obama se dio el lujo —que puede serle contraproducente— de pagar 4 millones de dólares para un “infomercial” de media hora. La frase central de Obama en su programa es la del título de este artículo, la opción entre el temor y la esperanza, la continuidad y el cambio, el relevo generacional o el regreso al pasado. Suenan muy convincentes esos conceptos, pero quienes observamos desde aquí no tendremos la oportunidad de votar en una elección en la que al mundo le va tanto —o más que a los propios estadounidenses. |