“Nos ponemos muchas máscaras por muchas situaciones. Es lo que te digo de los niños: como padres tenemos que ayudarlos a que no las usen”Estamos en la parte de arriba de la tienda que, con mercancía con la imagen del mítico Santo, tiene su hijo en la colonia Condesa. Luchador como su padre, de pronto se apareció. Yo supuse que un superhéroe como él había llegado en el BMW color plata que está afuera, pero me dice que no, que con y sin máscara nunca ha sido ostentoso. Qué mejor momento para hablar con él que la crisis de inseguridad que vive el país. Si hoy se hiciera una película del Santo, ¿contra quién lucharía? ¿Quiénes serían los malosos (Zedillo dixit)? De inmediato este hombre de traje y máscara plateada piensa en una trilogía: Santo contra el secuestro; Santo contra la impunidad y Santo contra la corrupción. “Todo está muy ligado”, dice este hombre que estudió Ciencias de la Comunicación, con aire seguro que interrumpe apenas un segundo después: “Pero si pongo los pies en la tierra y ahorita despierto de la pregunta que me hiciste, lamento mucho no ser ese Santo de las películas. Lo único que puedo hacer como ciudadano es denunciar lo que veo que está mal o denunciar o invitar a la gente a que denuncie”. Es importante, dice, que no nos “acostumbremos” a cosas cotidianas como las matanzas. O incluso el terrorismo, como las granadas en la plaza Melchor Ocampo de Morelia. “Creo que tenemos que estar reclamándole al gobierno, como ciudadanos. Aunque a muchos no les parezca o crean que una marcha es algo político, pues no. La gente quiere seguridad. Queremos paz”. La cosa se complica en este incipiente plan de película que trazamos porque en las películas del Santo el bien siempre triunfa sobre el mal. ¿Será posible en este caso? Malas noticias: hasta el Santo dice que no… por el momento. Es cosa de apostar por las nuevas generaciones. Como padre lo hace con sus hijos al, por ejemplo, no permitir que tengan videojuegos en los que “maten” personas; al enseñarlos a cuidar el ambiente. “Si retomamos toda esta información, todos los principios morales que se han perdido, pues a lo mejor no va a terminar pronto el cuento con el final feliz, pero a lo mejor a tus hijos les va a tocar un nuevo México… con sus hijos. Yo pienso que esto es como el calentamiento global: lo que tenemos que hacer es dar pasos atrás, volver al pasado”. ¿El Santo, el que siempre estaba a la vanguardia en todo, hasta en la tecnología, habla de volver al pasado? Bueno, para empezar acepta que eso de la tecnología no se le da. Sigue apuntando todo en agendas; las guarda desde que comenzó a luchar en 1982. No se imagina que su padre hubiera tenido siquiera un iPod y él renuncia a usar una Blackberry. Le pregunto que si al regresar al pasado también se refiere a volver al PRI. “No sé si exactamente al PRI, pero creo que había más control antes. No sé si al PRI, pero sí a lo mejor a tener más mano dura en determinadas situaciones…” Mano dura. Cita por ejemplo que los medios hemos caído en excesos como en criticar al Presidente de la República. Señala la parodia que hacía El privilegio de mandar de Vicente Fox. “Era denigrante”, dice. Y va mucho más allá. Cita también la “moda” de los derechos humanos. “Antes, tú agarrabas y sacabas la sopa porque la sacabas. De pronto llegan los derechos humanos y resulta que si golpeas como policía a un delincuente, tú te vas a la cárcel y el delincuente ya la libró. No estoy de acuerdo a lo mejor con la brutalidad, pero eso funcionaba más”. Él quiere que el gobierno ponga límites. Que para eso tiene un Ejército. Le recuerdo que el Ejército ya está en las calles de muchas ciudades, pero él, con una vivencia personal, dice que no es suficiente: fue a pelear a Reynosa y los narcos se enojaron por la presencia del Ejército. Ellos, a su vez, amedrentaron a los dueños de restaurantes, cantinas, bares, table dances, para que cerraran a las 10 o los mataban. Se enteró porque después de una pelea no podía ir a ningún lado. Pregunta: “¿Y entonces quién manda? Mandan ellos…” Estamos en una pequeña sala donde hay unos cinco cuadros enmarcados. Los pintó él. Es parte de su terapia, dice. Quién lo diría: este hombre, tras la máscara plateada, es un hombre sicoanalizado, que acepta que llora —y mucho— y que ha cometido errores. No tiene bronca alguna en decir, por ejemplo, que le costó trabajo superar la muerte de su madre —cuando tenía unos 20 años— y la de su padre, dos años después. Que él “no sabía” estar solo y por eso se casó con una mujer que no era la indicada, con la que tuvo dos hijos y un divorcio doloroso. Que pasó momentos muy difíciles porque, mientras esto se le hacía un “nudo en el pecho”, tenía que salir a una arena a dar un espectáculo y escuchar al público que lo aclamaba. Él comenzó a pintar, se sicoanalizó. Leyó a Jorge Bucay, a Paulo Coelho. Se quitó algunas máscaras. “Nos ponemos muchas máscaras por muchas situaciones. Es lo que te digo de los niños: como padres tenemos que ayudarlos a que no usen (máscaras)… a lo mejor es inevitable, pero si le das seguridad a un hijo, si confías en él, si lo apoyas, a lo mejor le vas a evitar coleccionar máscaras… si acaso una o dos… Y de El Santo, de preferencia”, remata riendo. El final de su historia, al menos, sí es feliz. Se volvió a casar, con Gabriela, quien ahora también es su mánager. Han aprendido a trabajar juntos y ser pareja. “Encontré a una mujer maravillosa. Esa me la mandó Dios, no lo dudo. Es también fuerte, me gustan así: bravas, guerreras. Si fuera luchadora sería fregona, pero técnica. No sería marrullera, ni ruda”. A él no lo conocemos, trae su máscara, pero ella se asoma, apenas se ve en una promoción de Fundación Cim*ab para crear conciencia sobre el cáncer de mama. . |