La visita a México del canciller cubano Felipe Pérez Roque fue vista por algunos como la señal del restablecimiento de una relación que jamás se debió perder, y por otros como el retorno a los viejos malos tiempos de la complicidad de gobiernos priístas con el de la isla. Ni unos ni otros tienen razón.Durante décadas México y Cuba cultivaron una “relación especial” en la que ambos se otorgaban un trato diferenciado que tenía en términos generales más beneficios que costos para cada uno. Para Cuba las ventajas eran evidentes: le permitía mantener una avenida abierta frente al casi unánime bloqueo diplomático y/o comercial en el hemisferio; le daba oxígeno puro al contar con un apoyo que no era menor —el de México— en foros y organismos internacionales; y le permitía diversificar, así fuera en mínima escala, sus contactos económicos y comerciales con el exterior. Este último aspecto era de particular importancia para La Habana a partir del colapso de la Unión Soviética y de la sequía de los recursos que antes tan abundantemente fluían desde Moscú y sus estados satélite, ya fuera en forma de petróleo y materias primas, ya en compras subsidiadas de azúcar y tabaco. Cuando esta fuente indispensable para el funcionamiento económico de la isla se cerró, la “alternativa mexicana” fue una de las más prometedoras para un gobierno cubano ansioso por ponerle alto al deterioro de las condiciones de vida y de la viabilidad misma del régimen y el sistema que había en ella instaurado. Si las ventajas para Cuba eran más que evidentes, las que México obtenía de esa “relación especial” no eran menores. El no doblegarse a la exigencia estadounidense de romper relaciones diplomáticas y de sumarse al bloqueo tras el triunfo de la revolución cubana le permitió a nuestro país pintar una raya en el trato cotidiano con nuestro ya entonces muy poderoso vecino del norte. México supo resistir presiones y con ello adquirir un nivel de independencia y credibilidad en su política exterior que difícilmente habría logrado de otra manera. Esto le permitió a Estados Unidos beneficiarse de la posibilidad de usar el conducto discreto pero eficaz de México en algunos momentos particularmente álgidos de su trato con los cubanos, lo cual nunca se reconocería en público pero bien que era valorado en privado. Para México, la posibilidad de servir como “puente” le agregaba va-lor en la relación con EU y otros países de la región. Durante el gobierno de Ernesto Zedillo comenzó un alejamiento con La Habana que culminó con el virtual rompimiento de relaciones durante la administración de Vicente Fox. Sin obtener nada a cambio, México tensó y descompuso la relación con un vecino, como si no existiera en la agenda diplomática más asunto que una obsesiva preocupación por las libertades y los derechos humanos que parecía más alineada con ideas e intereses de Miami que de la ciudad de México. En ese periodo perdimos no sólo vías de comunicación y dialogo, capacidad de intermediación y de gestión, sino también oportunidades de negocio. Mientras Cuba se abría al mundo, las empresas mexicanas se quedaron al margen. Años de trabajo e inversión se fueron al caño en aras de una política que sólo logró descomponer una vecindad que tenía más beneficios que costos para nuestro país. El restablecimiento de relaciones entre Cuba y México no significa ni un aval al sistema de gobierno cubano ni el regreso a las prácticas priístas de antaño. Significa simple y llanamente el reconocimiento de que si México aspira a un rol de mayor peso e influencia en la región, tiene cuando menos que poderse llevar bien con sus vecinos. |