Después de un mal lanzamiento de parte del gobierno, de la increíble nulificación de Mouriño, de la pésima negociación de Creel, del prolongado e inútil debate, de las amenazas de López Obrador y seguidores, del oportunismo del PRI, tenemos un conjunto de dictámenes en el Senado que hoy seguramente votará el pleno y que en la semana próxima serán ratificados por los diputados. Cabe todavía que los despistados voten en contra, o incluso tomen la tribuna, pero no parece existir nada en los dictámenes que pudiera poner en riesgo los valores que con tanta enjundia han defendido perredistas y priístas. Como lo he dicho en muchas ocasiones, se trata de defender un pasado que a México le costó mucho, y por eso mismo me parece un muy serio error. Pero así funciona la democracia, y si el Congreso ha llegado a este acuerdo, pues así será la ley, y hay que seguirle. Sin embargo, reconocer el derecho y obligación de los legisladores no implica abandonar el propio derecho a la crítica. En breve, me parece que hemos cometido un error de proporciones colosales. No cabe duda que la reforma que se aprobará le permitirá a Pemex funcionar mejor, pero ése no me parece que sea un objetivo de interés nacional. Lo que sí es relevante para los mexicanos es que el petróleo se administre de la mejor manera posible, y estas dos cosas no son sinónimos. Lo que hace la reforma es darle a una empresa ineficiente más recursos, lo que llevará a mayores pérdidas en el futuro. Y eso no va a generar ni más petróleo, ni más gasolina, ni nada parecido. Pero también desperdiciamos esta oportunidad para enfrentar, seriamente, el verdadero problema de este país. Durante el siglo XX, México fue un fracaso, como lo muestran todos los datos: no crecimos más que otros países similares, no alcanzamos mejores niveles de desarrollo social, no construimos infraestructura ni capital humano, y sí sentamos las bases para el deterioro generalizado que hoy enfrentamos. Y frente a esto, la solución que plantean quienes hoy ganaron la reforma es regresar a ese fracaso. Fortalecer Pemex es apostar, nuevamente, al mítico desarrollo industrial nacional, que no fue más que otra mentira del régimen de la Revolución. La próxima semana podremos compartir con usted las cifras petroleras para septiembre, que en el adelanto que hace Pemex muestran una pequeña mejoría, pero que mantienen una caída de 300 mil barriles diarios con respecto al año pasado. Las cifras nos ayudarán a entender por qué ha sido una pésima idea esta reforma. Pero ahora permítame comentar acerca de una más de las mentiras que fluyen por internet, debido a que ésta en particular ha tenido mucha difusión en los últimos días. Se trata de un video de YouTube que presenta a un señor de nombre Hal Turner hablando sobre la inminente debacle y desaparición del dólar. Para reforzar su invención, el señor presenta una moneda de oro que, en su opinión, va a sustituir al dólar, de nombre “amero”, que sería la moneda de la asociación de América del Norte. Entre tantas tonterías que dice, el señor asegura que Estados Unidos ha hecho monedas por el equivalente a 800 mil millones de dólares que tiene guardados en alguna parte del mundo. El problema es que es imposible hacer monedas de oro en la cantidad que dice este señor. La razón por la que se usa oro es por su valor intrínseco, que permite que la moneda no se deprecie frente a problemas financieros. Puesto que el video se hizo en 2007, en ese momento una onza de oro valía cosa de 500 dólares. Para poder tener 800 mil millones de dólares en monedas harían falta mil 600 millones de onzas, que son poco más de 45 millones de toneladas de oro. Pero el mundo entero ha producido, desde 1830, sólo 160 mil toneladas de oro. En toda la historia humana es probable que la producción de oro ronde las 200 mil. Ésa es la razón por la que ya no se usa un patrón metálico para darle valor al dinero. No hay patrón oro, ni es posible imaginar un patrón plata (como otra tontería muy repetida en México). El volumen de transacciones en el mundo supera, por órdenes de magnitud, los metales preciosos. El dinero, desde hace muchos años, vale porque creemos en él, y no porque tenga relación alguna con el oro, la plata, el cacao o cosas parecidas. La ocurrencia del peso plata, la mentira del “amero”, y el nacionalismo revolucionario son, en el fondo, lo mismo: creencias que ayudan a no pensar, a culpar a otros, a reducir nuestra incertidumbre a cambio de someter nuestra inteligencia. Cada quien puede creer lo que guste, pero por favor no lo confunda con la razón, la lógica o el pensamiento. Son cosas diferentes. |