Que el sistema financiero, aunque bajo presión, no sufría un derretimiento total, y que los problemas de Wall Street no estaban afectan-do tanto a la “gente de a pie”, a “Main Street” como se dice en Estados Unidos. Pero eso era entonces. Las noticias financieras y económicas a partir de mediados del mes pasado han sido muy, muy malas. Y lo que resulta verdaderamente atemorizante es que estamos entrando en un periodo de crisis severa con un liderazgo débil y confundido. La ola de malas noticias comenzó el 14 de septiembre. Henry Paulson, secretario del Tesoro, pensó que podía salirse con la suya dejando que Lehman Brothers, el banco de inversión, se fuera a pique. Estaba equivocado. La tribulación de los inversionistas atrapados en el colapso de Lehman (como lo describió el Times, Lehman se convirtió en la “trampa para cucarachas de Wall Street: entraron pero ya no pudieron salir”) creó un pánico en los mercados financieros que sólo ha empeorado con el paso de los días. Los indicadores de la tensión financiera se han disparado al equivalente de una fiebre de 40 grados, y grandes segmentos del sistema financiero simplemente dejaron de funcionar. Cada vez hay más evidencias de que la crisis de crédito se está extendiendo a “Main Street”, con las pequeñas empresas enfrentando problemas para obtener dinero y sufriendo la cancelación de sus líneas de crédito. Y los principales indicadores de empleo y producción industrial se han deteriorado drásticamente, lo que sugiere que incluso antes de la caída de Lehman la economía, que se ha estado hundiendo desde el año pasado, se desplomaba por un precipicio. ¿Qué tan malo es? Gente por lo general sobria está comenzando a sonar apocalíptica. El jueves, el corredor de bonos y blogger John Jansen declaró que las condiciones actuales son el “equivalente financiero al Imperio del Terror durante la Revolución francesa”, mientras que Joel Prakken, de la firma privada de proyecciones Macroeconomic Advisers, dijo que la economía parece estar “al borde del abismo”. Y la gente que debería estarnos alejando de ese abismo salió a comer. La Cámara de Representantes aprobó el viernes la versión más reciente del plan de rescate de 700 mil millones de dólares originalmente denominado plan Paulson, luego plan Paulson-Dodd-Frank y ahora, supongo, plan Paulson-Dodd-Frank-Cerdo (fue cebado luego del rechazo inicial de la Cámara Baja el lunes pasado). Por fortuna fue aprobado, porque otro rechazo habría empeorado el pánico financiero; sin embargo, esa es solamente otra manera de decir que la economía es ahora rehén de las pifias del Departamento del Tesoro. Porque la realidad es que el plan es sumamente malo, y eso es inexcusable. El sistema financiero ha estado bajo severo estrés desde hace más de un año, y debieron haber existido planes de contingencia cuidadosamente pensados, listos para ser utilizados en caso de que el mercado colapsara. Evidentemente, no los hubo: el plan Paulson fue claramente creado de manera precipitada y confusa. Y funcionarios del Tesoro no han ofrecido todavía una explicación clara sobre la manera en que supuestamente funcionará el plan, probablemente porque ellos mismos no tienen la menor idea de lo que están haciendo. A pesar de eso, como dije, es afortunado que el plan fuese aprobado porque de otro modo el pánico en los mercados habría empeorado. Pero, en el mejor de los casos, el plan compra algo de tiempo para buscar una verdadera solución a la crisis. Y eso plantea la siguiente interrogante: ¿tenemos ese tiempo? Una solución a nuestras preocupaciones económicas tendrá que comenzar con un rescate del sistema financiero mucho mejor concebido, que seguramente implicará asumir la propiedad parcial y temporal de dicho sistema por parte del gobierno de Estados Unidos, del mismo modo que el gobierno de Suecia a principios de los 90. Pero resulta difícil imaginar a la administración Bush dando ese paso. También necesitamos desesperadamente un plan de estímulos económicos para revertir el desplome del gasto y el empleo. Y esta vez será mejor que sea un plan serio que no dependa de la “magia” de los recortes fiscales, sino que gaste dinero en donde se necesita. (Ayudar a los gobiernos estatales y locales con problemas de dinero, que están recortando el gasto precisamente en el peor momento, también es una prioridad). Sin embargo, resulta difícil imaginar a la administración Bush, en sus últimos meses, supervisando la creación de una nueva administración para el Progreso del Empleo (WPA, por sus siglas en inglés), esa agencia primordial del New Deal que ofreció trabajo a millones de estadounidenses y apoyó a muchos sectores de la economía. Por lo tanto, probablemente tendremos que esperar el arribo de la próxima administración, que debe estar mucho más inclinada a hacer lo correcto, aunque incluso eso no es de ninguna manera algo seguro, dada la incertidumbre sobre el posible resultado de las elecciones. (No soy fanático de Paulson, pero es mejor tenerlo a él en el Departamento del Tesoro que, digamos, a Phil “Nación de llorones” Gramm). Y aunque para las elecciones sólo falten 32 días, tendrán que pasar casi cuatro meses para que la próxima administración asuma el cargo. Muchas cosas pueden salir, y probablemente saldrán mal en esos cuatro meses. Algo es seguro: más vale que el equipo económico de la próxima administración esté listo para empezar a trabajar a todo vapor, porque desde el primer día estará enfrentando la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión. (Traducción: Mariana Toledo) |