Serenemos las palabras, superemos los instintos, elijamos el logos, la razón y no la espada suicida. El 29 de septiembre un país, en la mayor crisis económica de su historia, asumió una decisión histórica: rechazar, por mayoría, un proyecto de rescate de la crisis presentado y apoyado por el presidente, pero cuyos responsables mayores eran el secretario del Tesoro y el presidente de la Federal Reserve. Ese plan de rescate había tenido dos testigos de primera magnitud que, con reticencias, lo aprobaron: Obama y John McCain. Llegaron a la reunión histórica desposeídos de una visión global de la dimensión teórica —con su praxis— del problema. En artículos anteriores he señalado que la crisis de la crisis es la ausencia de ideas claras. Afecta —al margen de la demagogia— a casi todos los sectores políticos. Los partidos socialistas han revelado su incapacidad para comprender, igual que la derecha cerril, las magnitudes de un mundo nuevo. En ese sentido, la votación del Congreso estadounidense contra su presidente no deja de ser una lección a meditar. Los 228 congresistas (133 republicanos y 95 demócratas) que han votado contra el plan lo que han hecho es votar contra el presidente. Los 205 que han votado a favor (140 republicanos y 65 demócratas) sugieren que el plan, por la gravedad del momento, sigue en pie. El voto del Senado nos dirá, a su vez, el otro parámetro. Pero del dramático voto inicial revela dos cosas: primero, que la parte responsable de la política se niega a pasar la esponja sobre la gigantesca especulación financiera que han enriquecido a una minoría —mundial— frente a los pueblos; segundo, el voto puede ser un aviso contra una “regulación” de los mercados que suponga el “Estado patrón” (que ya conocemos) no menos irresponsable. Se trata, al revés, de inventar el Estado en su opción histórica esencial: la institución que represente los “intereses generales”. La globalización, en los países desarrollados ha supuesto (en tanto que favorecía la aparición de economías emergentes ya imprescindibles) un proceso, castrante, de concentración del ingreso que contrariaba, en todos ellos, el ascenso de la masa salarial. Una izquierda simplificadora pensó la globalización como un simple proceso que ampliaba la “brecha” entre los ricos del Primer Mundo y los pobres del Tercero. China, la India, Brasil y otros países más revelan lo contrario. Lo significativo es que, en los países ricos se ha profundizado, al revés, la desigualdad. En muchos casos su masa salarial ha perdido 10 puntos en el PIB. Esa concentración gigantesca en una minoría (que Forbes apadrina) ha reflejado, a su vez, otro hecho: que esa minoría afianzó su ya enorme riqueza entrando en una carrera, suicida, de especulación. Los bancos y el sistema financiero, sirviendo de infraestructura irresponsable a esa minoría, generaron el desorden mundial actual. El voto republicano contra Bush es, en el seno del caos, una rebelión frente a un “rescate” que no esclarece las responsabilidades. Al revés, las oculta. Ello no quiere decir, en modo alguno, que finalmente no se encuentre un puente entre los 228 y los 205 porque EU, centro de la crisis, tiene la obligación de asumir el remedio. Condenado Bush por un fuerte sector republicano se denuncia el fondo de la crisis: el poder que tuviera en su gobierno el presidente de Enron, que fue la clave de la exaltación, bajo Greenspan, de los especuladores frente a los creadores de riqueza colectiva. La crisis que ha enterrado la “mano invisible” que, según Adam Smith, regula los mercados, debe suponer algo indispensable: que las universidades estadounidenses, que están en mayoría entre las 100 mejores del mundo en todas las disciplinas, ocupen un espacio crítico y rebelde (de ellas vino hasta nosotros Obama) que imponga la teoría y el conocimiento científico frente a la usurpación del poder por los Forbes. |