La apertura de los archivos y la posibilidad de la investigación libre están permitiendo la ampliación de todas las informaciones, secretas, sobre la URSS y sus dirigentes. El libro de Simon Sebag Montefiore, El joven Stalin, lo prueba. El Instituto de Marxismo-Leninismo guardaba 30 mil 820 textos autógrafos de Lenin. De ellos 3 mil 724, censurados, no se habían publicado nunca, hasta ahora. Eran los que invitaban a la violencia implacable. Como el del 11 de agosto de 1918, dirigido a los tres líderes bolcheviques de la región de Penza. En esa nota invitaba a la destrucción “sin piedad, de los kulak”. Termina con una posdata: “Encontrad la gente más dura”. Sebag Montefiore esclarece lo que sabíamos a medias: la etapa de Stalin (el seudónimo, “hombre de acero”, lo adoptó en 1918) como recaudador de fondos, mediante asaltos y robos, era ya conocido. Su asalto al Banco del Estado en Tbilisi, Georgia, su tierra natal, fue famoso. Recaudó para el partido 3 millones (equivalentes) de euros. Entonces se consideró una “catástrofe” bancaria. Stalin tenía 28 años. Esa etapa fue clausurada y, ahora, se reconstruye. No con ánimo destructivo, sino como recuperación del silencio. Un alto funcionario soviético que colaboró después con Gorbachov en la etapa de la perestroika y el glasnot, Alexander Yakolev, encargado por acuerdo para aclarar los asesinatos de los 4 mil 500 oficiales polacos, en Katyn, aclaración indispensable para lograr la paz con Polonia y que terminó con el reconocimiento oficial de su asesinato por la URSS, dice en su libro sobre el tema (Ce que nous voulons faire de l’Union Soviétique) (página, 117) lo siguiente: “El comunismo ha sido excelente en la manipulación y amputación de la historia con el fin de que sirva al poder. Hecha de silencio y olvido, tenía por tarea ‘educar’ a las masas, acreditar las leyendas y los mitos forjados en todas sus piezas. Stalin, el primero, se construyó una historia a la medida, que escribió él mismo, que él dicta, corrige y vigila…”. Eliminado el exceso lo esencial permanece. Desde la muerte de Lenin en 1924, hasta la muerte en 1953 de Stalin, este fue el poder absoluto. A nosotros nos faltan 30 o 40 libros muy importantes de las memorias de la perestroika. Han sido best-sellers en otras lenguas. Es un enorme vacío, como lo revela el libro de Jarasov, Premio Lenin de Ciencias y padre de la bomba atómica soviética que, al final de su vida, fue el defensor de los derechos humanos. Las contradicciones entre el Terror de Estado y la formación de una sociedad nueva, los conflictos entre Lenin, Stalin y Trotski —recuerden que yo mismo he escrito un libro sobre el tema, Lenin, vida y verdad que publicó Grijalvo en 2002 utilizando ya documentos secretos del Kremlin— son relevantes. Lenin, que murió en 1924, y Trotski, desterrado de la URSS, perseguido y asesinado en México, no pudieron contender con el gran sistema staliniano. El magnífico libro, reciente, de Vladimir Federodski, El fantasma de Stalin o las asombrosas Memorias del hijo de Beria, el superpolicía de Stalin, han sido traducciones en inglés, francés, alemán, etc. El papel gigante durante la “guerra patriótica” contra Hitler —su aliado entre 1939 y 1941 por el Pacto de No Agresión y Cooperación de 1939— le hicieron el líder de un pueblo invadido, con millones de muertos, pero en abril de 1945, sus tropas colocaban la bandera roja en la Puerta de Brandemburgo mientras Hitler se suicidaba. Ese gran conflicto, esas contradicciones, arrasadas por el terror, conforman parte esencial de la historia contemporánea y es preciso asumirlas. Una inmensa realidad, como una experiencia colectiva pero desposeída de lo legendario para que sea parte de la historia real. Es duro, pero, sin hacerlo, no se puede cambiar el mundo porque, en caso contrario, nos negaríamos a vivir en él. |