La pertinaz llovizna que amenaza con anegar al sistema financiero estadounidense ya salpicó a los candidatos a la Presidencia y a sus respectivas campañas. Tras varias semanas en las que no lograba despuntar por ningún motivo, Barack Obama parece haber retomado la iniciativa mientras que John McCain se muestra defensivo, hasta desesperado, por una inminente crisis que podría arrastrarlo a la derrota en noviembre.Los problemas del sector financiero parecen haber tomado por sorpresa a la clase política estadounidense, que tardó en reaccionar frente al riesgo de un colapso de grandes magnitudes que sacude ya no sólo a Wall Street: hay millones de familias que sufren las consecuencias de un desplome tan abrupto como incesante. Es ahí, entre los pequeños inversionistas, los pensionados y sus fondos, los deudores hipotecarios, que esta problemática adquiere su verdadera dimensión y su componente político y social. Los estadounidenses son en mayor o menor medida jugadores en la Bolsa. Cerca de 60% de la población tiene acciones. Sumemos a eso a los millones que se han visto directamente afectados por las recientes dificultades económicas, ya por despidos, pérdida de ahorros o hipotecas, aumentos en el precio de gasolina y combustibles, la caída de valor del mercado inmobiliario, y un ejército de afectados por el mal desempeño de unos cuantos o por el impacto de factores incomprensibles y etéreos que el norteamericano promedio ubica en un solo lugar: Wall Street. Así, la noticia de un paquete de rescate muchas veces multimillonario ha caído como patada al hígado de un público cansado de malas noticias que le dan justo donde más duele: en el bolsillo. Y en el reino del capitalismo y del individualismo, no es tanto la inquietud por el bienestar nacional lo que cuenta: es la afectación de la propia cartera. El anuncio del mega-rescate lleva a muchos a preguntarse cómo es que los grandes capitalistas pueden ser premiados por su imprudencia, avaricia o mala suerte cuando el ciudadano promedio tiene que pagar las consecuencias de sus actos y de los ajenos sin que nadie se preocupe por brindarle ayuda. Esos argumentos han hecho mella en el Congreso, sumándose a los de los conservadores que consideran que el gobierno no debe intervenir de esta manera en la economía. La izquierda se opone al rescate porque cree que premia a los ricos mientras que la derecha lo hace porque cree que equivale a una “nacionalización” de activos privados y va en contra del espíritu capitalista. En medio de la tormenta, el barco peligra porque hay demasiados aspirantes a timoneles tratando de hacer cada uno algo diferente mientras estorba al de junto. George W. Bush demuestra su condición de “lame duck” (pato cojo, que va de salida) con un plan que nadie está dispuesto a apoyar mientras provenga de él. En el Congreso, los demócratas son los más proclives a un acuerdo mientras que republicanos de extrema derecha se oponen por principio ideológico o por no compartir el riesgo político. Los candidatos tratan de encontrar la cuadratura al círculo con poco éxito: Obama trata de poner cara de liderazgo mientras que McCain, en un acto irreflexivo, suspende su campaña temporalmente y anuncia que no asistirá al debate para dedicarse a salvar a la patria en su momento de necesidad. Sólo que la patria no se deja salvar por él y Obama, con tino, responde que quien aspira a ser presidente debería poder hacer más de una sola cosa a la vez. McCain, ocupado por rescatar a la economía nacional, no puede responderle... |