Cuando ocurre una muerte tan absurda, tan innecesaria, tan repentina, como la que encontraron en la plaza Melchor Ocampo de Morelia las víctimas de dos granadas de fragmentación; cuando pierden la vida hombres, mujeres y niños por el simple hecho de estar en el lugar equivocado y a la hora equivocada, se exhibe de cuerpo entero la perversidad del crimen organizado. No es sólo la ejecución de mandos de las fuerzas policiales, la decapitación de sus rivales o el asesinato de familias enteras, sino la comisión de un acto atroz, demencial, que cobra víctimas inocentes. ¿Qué se propusieron quienes ordenaron atacar a una multitud inocente? El mensaje al gobierno parece inequívoco: “Si no detienen la ofensiva, construiremos pequeños infiernos que empujen a la gente a exigirles que frenen su acometida y pacten”. En concreto: obligar a las autoridades a “negociar”. Un acto desesperado como el de Morelia no muestra el poder del crimen organizado, sino lo contrario. Los capos están furiosos. En los últimos meses la ofensiva de las Fuerzas Armadas y las policías federales —a pesar de sus déficit, sus improvisaciones evidentes y su coordinación precaria— ha golpeado seriamente sus intereses: decomisos inéditos de dólares, droga, armamento y vehículos; sicarios muertos en enfrentamientos, capos extraditados y la aprehensión de bandas de secuestradores hablan de la seriedad del enfrentamiento, aunque también los hechos de Morelia muestran su penetración en las corporaciones policiales, cuya capacidad de prevención y reacción fue nula. La guerra, que eso es, no puede terminar en un acuerdo de “dejar hacer, dejar pasar”, así se tratara de ciertas rutas y espacios restringidos, dado que la avidez de la lógica criminal no tiene límites, no se conforma con una parte, quiere el todo… Porque hace tiempo que México dejó de ser, esencialmente, territorio de tránsito de la droga para los consumidores en Estados Unidos, lógica obtusa con la que algunos funcionarios durante décadas pretendieron justificar su inactividad ante el ascenso de las actividades criminales… Porque el consumo de la droga se ha convertido en un severo problema de salud pública en el país y cada vez más niños y jóvenes están siendo víctimas de las adicciones: el jueves pasado, el secretario federal de Salud, José Ángel Córdova, presentó los resultados de la más reciente Encuesta Nacional de Adicciones: en los últimos seis años el número de adictos creció 51%, principalmente a la mariguana, pero también a la cocaína y a las drogas sintéticas… Porque el consumo de las drogas se acompaña con otros delitos que generan severos desarreglos en la vida comunitaria: el asalto a mano armada, el robo a negocios y casas, el homicidio… La reacción delirante de quienes dispusieron los actos terroristas en Morelia pone en evidencia su desesperación por frenar la lucha del Estado contra el enemigo común. Es previsible, entonces, que la violencia no parará pronto, habrá nuevas acciones disparatadas e, incluso, podrán darse atentados mayores. Sin embargo, para el gobierno y la sociedad tampoco hay vuelta atrás, el imperativo es ir a fondo y con todos los recursos materiales y jurídicos del estado de derecho. La sociedad tiene mucho que hacer en esta guerra: abandonar la indiferencia y la tolerancia, sin correr riesgo alguno, denunciar los hechos que conoce y que son constitutivos de delitos. El objetivo central, ineludible, es no ceder la plaza, los espacios públicos de pluralidad y convivencia, a los emisarios y operadores del terror y la muerte. |