La sucesión en Israel del primer ministro, Ehud Olmert, es larga y polémica. El político ha sido arrastrado por los caballos de las denuncias sobre comportamientos de corrupción, y ello ha ratificado que el Estado de Israel era acosado por los mismos problemas que otras sociedades políticas. Más significativo es que Olmert puede ser reemplazado en el alto cargo del Estado por una mujer que ocupa el puesto de ministra de Relaciones Exteriores: Tzipi Livni. Su biografía es compleja e invita, por tanto, a la mesura, no a la desmesura. Su historia está asociada a su pertenencia, por un tiempo, al Mossad o Servicio de Inteligencia de Israel. A su vez, su partido es el derechista Kadima. Pasa por ser incorruptible. Su familia es originaria de Polonia. Esa síntesis biográfica no permite hacer juicios sumarios porque la candidata a primera ministra de Israel ha aprendido una verdad insustituible: que no habrá paz mientras no se asuma la constitución del Estado palestino. Ese punto de partida es la aceptación de algo que es una constatación universal: que la paz en el Oriente Medio pasa por esa concreción. Al parecer, esta militante —en los 50 años para no ser demasiado preciso en la edad de una mujer— sabe bien que no puede eludirse esa realidad: Palestina, la región que fuera un mandato británico hasta 1948, es el área de dos estados, dos pueblos, dos religiones. El ascenso de Tzipi Livni al cargo de primera ministra sería inseparable de otra mujer que sobrevive en el imaginario israelí y en el imaginario mundial: Golda Meir, que naciera en Ucrania, en Kiev; se educó como inmigrante en Estados Unidos y fue la primera embajadora del Estado de Israel en el Moscú soviético. El día que recibió la noticia de su nombramiento el taxi que tomó chocó y fue al hospital. Personaje central de Israel, Golda Meir —merece la pena leer su autobiografía, My life, publicada en Inglaterra por Weidenfeld & Nicolson en 1975— vivió la formación naciente de Estado al lado de Ben Gurion y el desfiladero inquietante de las guerras y la esperanza de la paz. Representó como primera ministra la historia de un éxodo de siglos que repetía un sueño: L’shanah ha-baah bi Yerushalayim, “el próximo año en Jerusalén”. Para Tzipi (tzipora en hebreo me parece que es pájara) Livni no dejará de ser emocionante ese pasado, y esa enorme efigie universal que fue la biografía de Golda Meir. Esa es, finalmente, la vida humana. Acaso por eso en su autobiografía Golda Meir dedicaba el libro “a mis hermanas Sheyma y Clara, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos”. Casada, con dos descendientes, Tzipi Livni tiene duros días por delante. Le exigirán, en el áspero y complejo sistema de partidos de Israel, inteligencia y serenidad para establecer un acuerdo entre ellos y para definir la verdadera identidad de una palabra, Shalom (paz), que no puede ser solamente un vocablo, sino la herramienta ineludible de un proyecto común con los palestinos. Israel no puede existir en guerra permanente porque ello introduce en su sistema político un paroxismo existencial que destruye las raíces de su propia convivencia. La contienda trágica, a su vez, entre las dos grandes corrientes palestinas eleva el problema a dimensiones de catástrofe, pero no puede ser un pretexto para impedir y acceder al nivel superior de la negociación. La memoria de Arafat y Rabin tampoco debe ser la prueba frustrada de la negociación entre los dos pueblos. Debe ser la consciente aceptación de que no se puede eludir la verdad: que se tiene que firmar la paz. En 1948, cuando se proclamó el Estado de Israel su población era de 655 mil habitantes; hoy sus habitantes se elevan a 7.3 millones y su PIB per cápita, según The Economist, “The World in 2008”, es de 23 mil 520 dólares. El de México, según la misma fuente, 8 mil 200 dólares por persona. |