El mundo ha asistido, en la etapa más baja, teóricamente, de los socialismos mundiales, al rescate financiero más impresionante que haya vivido el mundo capitalista desde la Gran Depresión. Pero el rescate se ha realizado ahora bajo el gobierno del presidente más desprestigiado en la historia de Estados Unidos: George W. Bush. En unos días hemos visto el entierro de Adam Smith y su “mano invisible” que, en el imaginario del liberalismo económico, regulaba todas las contradicciones de los mercados. Bush, en síntesis, ha presidido ese rescate, esto es, la compra de un sistema financiero irresponsable por vía del Estado, es decir, socializando la deuda gigantesca en nombre de los “intereses generales” que la invisible hand no autorreguló. El Premio Nobel de Economía de 1974, Friedrich A. von Hayek, dedicó su vida a defender el ultraliberalismo y, como Adam Smith, condenó la intervención pública. En 1931, desde su cátedra de la London School of Economics, se confrontó a John Maynard Keynes (que nació en 1883, es decir, el mismo año en que murió Marx) partidario de la intervención del Estado racionalmente en la lucha contra el paro y la crisis concediendo al presupuesto público una dimensión fundamental en la orientación de los procesos económicos para defender los intereses generales. Intereses que, según Adam Smith y paralelamente según Hayek, sólo se garantizaban por vía de la plena proposición individual, y que Adam Smith elevó a una interpretación clásica: que el egoísmo de los individuos funciona, finalmente, en favor de los intereses colectivos. Estamos viviendo, sin más, el fin de una época del capitalismo. Un capitalismo donde el sistema financiero, asumiendo la codicia y la irresponsabilidad, ha terminado en la mayor catástrofe económica desde 1929. Todas las hipótesis sobre la autorregulación de los mercados por la “mano invisible” han volado por los aires. El capitalismo más maduro del capitalismo mundial ha realizado la operación socialista más importante de los últimos 100 años: entrar, como bomberos de Estado, en el sistema financiero desquiciado por el ciego egoísmo de sus élites “individuales”, las más poderosas y opulentas —las de Forbes— para salvar el sistema bancario y financiero del naufragio. La decisión supone la creación de una agencia de Estado para presidir, en nombre de los intereses generales, una gigantesca operación de rescate que a la vez recupera el Estado, ya privatizado, para devolverlo a su función histórica: la res pública. En estos momentos las más importantes empresas industriales y automovilísticas de Estados Unidos solicitan también la ayuda del Estado, es decir, esa institución que sólo tenía como misión defender la concentración del ingreso en unas minorías. Su fracaso nos devuelve a una historia crítica, no fraseológica. El mercado no se autorregula sin el Estado, esto es, sin la nación organizada que es la mejor definición que exista, acaso, del Estado. Ello no supone, en modo alguno, el regreso al Estado-patrón con sus perversiones históricas que paralizaron a la vez el desarrollo de la persona humana (que es indivisible) y la libertad. Supone la devolución de su responsabilidad a los pueblos. Ello así porque la gigantesca masa monetaria (el Estado imprimiendo papel como hicieran los “caudillos” del botín personal) que ha salvado provisionalmente el sistema y las bolsas de valores, representa, también, la posibilidad inflacionaria y una nueva crisis crediticia y de inversión que sólo podrá superarse si los bancos centrales del mundo, con los estados liberados de su propia “privatización”, emergen como instituciones garantes de los intereses generales. Una inmensa revolución teórica está ante nosotros. La compra de la crisis por Bush no puede pagarse, quede claro, con una salida trágica: la guerra. |