Un observador que se transportara en el tiempo y llegara a ver los encabezados de los diarios de las últimas semanas podría pensar que la vida política y la sociedad de Estados Unidos se han transformado de manera impresionante.Nada como la candidatura de Sarah Palin para ilustrar la dimensión del cambio en su partido. Los más conservadores defensores de los valores familiares y del papel tradicional de la mujer hoy aplauden y defienden a esta fémina que ha combinado la tarea pública con la maternidad, que volvió a sus labores como gobernadora apenas unos días después del nacimiento de su quinto y más reciente hijo y que ha cedido muchas de las responsabilidades típicas de una “mujer modelo” a su marido y a sus familiares cercanos. El rechazo al sexo antes del matrimonio es otro de los temas fundamentales de los conservadores republicanos, pero también se han sobrepuesto en aras de apoyar la candidatura de la señora Palin, quien no sólo tiene una hija menor de edad y soltera con cinco meses de embarazo, sino que además en su momento se fugó con su novio para después —mucho después— formalizar su propio matrimonio. Es decir que la hoy gobernadora también tuvo su historia previa. Pero eso no importa para los guardianes de la moral, que hoy prefieren aplaudir el “amor por la vida” que criticar las relaciones sexuales prematrimoniales de la misma forma en que cierran los ojos ante una serie de conductas de su hoy candidata que serían objeto de escarnio en cualquier otro personaje público. Lo más rescatable de estas conductas es que hoy podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que el partido de los estereotipos femeninos súbitamente ha descubierto el feminismo, una candidata a la vez. Pero la doble moral no es coto exclusivo de los republicanos. Sus contrincantes también tienen lo suyo, ya cuando se trata de juzgar a una mujer por sus méritos o por adecuarse a lo políticamente correcto cuando se habla de asuntos raciales. El caso de Barack Obama es emblemático, pues muchos liberales estadounidenses pretenden perdonarle lo mismo conductas personales que actitudes y posturas políticas, e incluso sus propios tropiezos de campaña, porque sería “inadecuado” criticar a un candidato negro a la Presidencia. Desde los programas de comedia nocturnos hasta las columnas más serias y respetadas, todos se hacen bolas para tratar de evadir la “negritud” de Obama. La irreverencia de los Leno y los Letterman se detiene congelada ante este tema, pero no parece estorbarles cuando se trata de hablar de la edad de John McCain o de la feminidad de Sarah Palin. Eso sí, no faltan los personajes mediáticos de derecha que se desgarran las vestiduras ante cualquier crítica o comentario sobre la falta de experiencia o de aptitudes de Sarah Palin, tildando al atrevido de misógino, mientras que ellos no tienen empacho en repetir comentarios francamente racistas o por lo menos ofensivos hacia Barack Obama. Así pues, la campaña estadounidense está permitiendo que salgan a la superficie muchos de los prejuicios raciales y de género que la sociedad estadounidense ha procurado mantener soterrados durante tanto tiempo. De los lugares más inesperados surgen las expresiones de una nación que todavía está profundamente dividida en sus nociones del papel que corresponde jugar a las mujeres en la vida moderna, del lugar que le toca a las minorías. Si en verdad EU fuera un país abierto, moderno y de mentes amplias, no sería ni siquiera noticia el que una mujer y un negro compitieran por los más altos puestos de la administración pública. El que todavía sea así da cuenta del mucho terreno que les falta por recorrer en su ambiguo y sinuoso camino al siglo XXI. |