En una película francamente divertida llamada “El Día de la Marmota”, Bill Murray interpreta a un personaje que se queda atrapado en el tiempo y vuelve a vivir una y otra vez el mismo día en un pequeño pueblo estadounidense. Los acontecimientos se repiten sin cesar, y cada mañana al despertarse el personaje de Murray se enfrenta a algo peor que el déjà vú: a la inevitabilidad de enfrentarse a las consecuencias de sus actos. Siete años después de los atentados del 11 de septiembre, EU se encuentra en una situación similar.La Guerra contra el Terror lanzada por George W. Bush tras los ataques se ha convertido en una lucha interminable contra un enemigo tan elástico como malévolo. La maleabilidad de los terroristas no sólo obedece a sus propias habilidades, sino también a la manera tan flexible en que Washington ha catalogado a sus enemigos de acuerdo a su propia conveniencia. El primer y más lógico frente de esta guerra fue y sigue siendo Afganistán, país en que imperaba un gobierno teocrático y autoritario que promovió la presencia en su territorio de la mayor organización terrorista de nuestros tiempo, Al-Qaeda. Bajo el cobijo del Talibán, Osama bin Laden pudo construir una red cuyos alcances no se limitan a los países musulmanes. Lo hemos visto y constatado, desde Alemania y España hasta Gran Bretaña, el fanatismo religioso suma adeptos dispuestos a todo. La aparente derrota del Talibán a manos de los invasores estadounidenses y de sus socios en la comunidad internacional resultó ser temporal, y la victoria de los aliados ciertamente pírrica. Hoy, la situación en ese país es cada vez más preocupante para el gobierno impuesto con el apoyo estadounidense, y la ocupación militar cada vez más vulnerable a la resistencia armada. Si acaso Estados Unidos aprendió las lecciones de Vietnam en cuanto a la importancia de ganarse “las mentes y los corazones” de los habitantes de los países ocupados, no las ha aprovechado en Afganistán. Así, a poco menos de siete años del derrocamiento del Talibán y de la supuesta expulsión de Al-Qaeda, vemos como Afganistán se sume en un conflicto intestino que amenaza la esencia misma de esa nación. Los talibanes se han reagrupado y dominan ya sectores enteros del país, además de que sus capacidades guerreras siguen siendo significativas, como lo indica el creciente número de bajas de las fuerzas aliadas así como el cada vez mayor número de civiles muertos. Sumemos a eso los “errores operativos” del ejército estadounidense que cuestan cada vez más vidas inocentes; añadamos el floreciente negocio del narcotráfico, que tan sólo en 2007 ocupó arriba de 200 mil hectáreas de terrenos de cultivo, y tendremos un escenario cada vez más similar al que enfrentaba Afganistán en el año 2001, con una diferencia significativa: Osama bin Laden está oculto y nadie sabe como dar con él. Por otra parte, la guerra en Irak no da señales de terminar pronto. Si bien hay leves indicios de mejoría, lo cierto es que la resistencia a la ocupación estadounidense, por un lado, y la creciente fragmentación étnica y religiosa por el otro, amenazan la estabilidad de esa nación y alimentan de paso las inquietudes y las ambiciones de sus vecinos, primordialmente entre ellos Irán. Ahora que si todo esto resultara en una disminución de la amenaza terrorista o de la propagación del fundamentalismo, se podría argumentar que la estrategia está dando resultados, aunque a un costo muy alto. Pero lamentablemente no es así. Hay un aumento constante de la actividad terrorista en el globo, aun si no se incluye a Irak en las estadísticas, y la imagen de EU en el mundo es probablemente la peor desde los tiempos de la guerra de Vietnam y de Watergate. Y, como en “El Día de la Marmota”, cada mañana EU se despierta con una nueva mala noticia, similar si no es que idéntica a la de ayer. |