El 11 de septiembre de 2001 el secretario del Tesoro de Estados Unidos —Paul O’Neill— estaba en Tokio. Se alojaba en el hotel Imperial. Iba a llamar a su esposa (diferencia de horario, 11 horas), Nancy. Encendió el televisor; vio el incendio del choque de un avión con una de las Torres Gemelas. Creyó, como George Bush, que estaba en una escuela de Florida, que se trataba de “un inmenso error”. No hubo tiempo para pensarlo. La habitación del secretario del Tesoro se llenó de colaboradores y los sistemas de comunicación anunciaban la mayor noticia del siglo: un ataque contra las joyas de la corona urbana de Nueva York: la ciudad-mundo. El 7 de octubre, de acuerdo con Musharraf (hoy destituido en el caos), presidente de Paquistán, comenzaba la guerra contra los talibán de Afganistán y Bin Laden. EU tendría, en unas semanas, un Afganistán financiero: la bancarrota de la gigantesca transnacional Enron, cuyo presidente, Ken Lay, acababa de anunciar a sus empleados (que quedarían arruinados por sus pensiones) que “era el momento para comprar sus acciones”. El 2 de diciembre la empresa se declaraba en quiebra. Paul O’Neill se reunía en su despacho con Greenspan, presidente de la Reserva Federal. Casi un gabinete de guerra. Ken Lay era el “financiero ejemplar” de Bush: su icono. Todas las cuentas falsificadas. Las empresas auditoras en el fraude. El sistema capitalista en crisis de fiabilidad. Paul O’Neill renunció a su cargo. El gran responsable de la debacle económica, que no había impuesto las reglas éticas al sistema, Greenspan, acorralado. Diecisiete años gobernando un modelo cuya corrupción afectaría al sistema financiero globalmente. ¿Cómo no verlo? Años venía señalando aquí esa grave deserción de las reglas esenciales de gobernar la economía. Pero el “maestro” Greenspan era inatacable. En 2008 William A. Fleckenstein y Frederick Sheehan publicaban un libro con este subtítulo The age of ignorance at the Federal Reserve. El título, Greenspan bubbles. El párrafo final del libro (página 187) dice: “…No hay debate: Greenspan no fue el ‘maestro’. Ha sido el ‘master’ del descenso de Estados Unidos en la confusión financiera. La evidencia se explica por sí misma”. Muchos años después. El sucesor de O’Neill en Hacienda, Henry Paulson, 62 años, 31 años en Wall Street y con una fortuna estimada en 500 millones de dólares (no está entre los ricos del mundo) ha dicho que “no lo dejaba dormir la situación de las dos grandes hipotecarias de EU: Fannie Mae y Freddie Mac”. Ya puede dormir, el Estado, para que no se hundan en la quiebra, ha tenido que acudir en su socorro, como antes lo hizo con bancos acosados por su propia irresponsabilidad y codicia atrapados en los créditos-basura. Los banqueros más grandes del mundo salían despedidos por la puerta trasera… pero con bonos de cientos de millones de dólares. Por su lado, Fannie Mae y Freddie Mac han visto descender el valor de sus acciones en 80% la primera y en 85% la segunda. Deberían reembolsar a sus inversionistas, respectivamente, 120 mil millones y 103 mil millones de dólares. El Estado, en ayuda inmediata ante la catástrofe. Las bolsas del mundo han reaccionado positivamente porque su quiebra hubiera tenido consecuencias mundiales, pero ¿se han resuelto las causas de la crisis? ¿Se han hecho ostensibles, ética y funcionalmente, los mecanismos que han permitido el fallo del sistema bancario, financiero e hipotecario de grupos con posibilidades mundiales? No. Paul Jorion, investigador de la Universidad de California y autor de un libro revelador, La implosión, había anunciado y revelado la significación de las subprimes y los créditos-basura. Ni Fannie Mae ni Freddie Mac podían quebrar sin un cataclismo. Todas las bolsas del mundo esperaban, hora tras hora, la decisión. Respiran alborozadas por la intervención. ¿No piensan? |