Si no hay un giro radical en el escenario y no se modifica sustancialmente la estrategia política del Partido Acción Nacional, el año próximo sufrirá una de las peores derrotas de su historia y regresará al nivel de segunda fuerza política en la Cámara de Diputados. El PAN vive un mal momento porque sigue siendo un partido encerrado en sí mismo; porque después de haber logrado derrotar a la ultraderecha en la 20 Asamblea Nacional (“¡Yunque no, PAN sí!”), la volvió a meter con Vicente Fox y Manuel Espino en posiciones clave; por alianzas pragmáticas que no suman votos pero restan credibilidad; por el dominio que ejercen direcciones regionales que se aferran al manejo de las prerrogativas; por la postulación de candidatos de cuestionable fama pública; porque ha descuidado la formación de cuadros… El elector calificará también a los gobiernos que concluyen. Y en este renglón, el partido tampoco sale bien parado: los gobernadores panistas, salvo raras excepciones —como la de Marcelo de los Santos en San Luis Potosí—, no han mostrado que pueden gobernar de otra manera: con mayor eficacia, honestidad y compromiso democrático. La mayoría vive entre la mediocridad y el escándalo (baste recordar a Emilio González Márquez, el góber piadoso y etílico). Mientras el PRD se mantiene en el lodazal y al borde de la ruptura, lo que le resta apoyo social y se expresará puntualmente en las urnas, el PRI va posicionándose hacia la mayoría absoluta. Hay, por lo menos, cinco datos que parecen sustentar esta hipótesis: 1) el Revolucionario Institucional logró ser la primera fuerza en 10 de 14 contiendas realizadas el año pasado; 2) en encuestas recientes el tricolor tiene el mayor porcentaje de preferencia del voto y hace tiempo que dejó de ser el partido con mayores índices de rechazo; 3) la estrategia de Beatriz Paredes, quien sin acaparar reflectores ha ido aceitando la maquinaria partidista en todas las entidades; 4) la migración hacia el PRI de votantes de izquierda decepcionados del PRD, y 5) el manejo eficaz de sus gobernadores: mientras que en Acción Nacional los comités regionales mantienen distancia o, incluso, llegan a la confrontación con sus gobernadores (Aguascalientes, un caso paradigmático), los priístas son los verdaderos jefes del partido: ponen y quitan directivos estatales, seleccionan candidatos, definen la estrategia electoral y manejan los cuantiosos recursos públicos con un criterio político-electoral y sin tener que rendirle cuentas a nadie. Por si fuera poco, los ejecutivos estatales del PRI son los mejor calificados por sus gobernados, es decir, “los menos peores”. Le queda muy poco tiempo a Germán Martínez para cambiar el rumbo y no heredar el desastre. Sin embargo, no será suficiente con un simple cambio de tono, actitud y discurso; lo que requiere el PAN es capacidad organizativa, buenos candidatos y mejores campañas. Tendrá que vencer las inercias de un organismo que no termina de asumirse como auténtico partido en el poder. Si transcurrido el primer tercio del sexenio el PRI se ha consolidado como protagonista en el Congreso y fiel de la balanza en la arena política nacional, a partir de 2009 podría ubicarse firmemente en la antesala de la Presidencia de la República y hacerle la vida de cuadritos al presidente Calderón en la segunda mitad de su administración. De ese tamaño es el desafío que enfrenta el panismo en un proceso electoral que arranca formalmente en octubre, pero que viene cocinándose en los últimos ocho años de poder y no poder. |