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México D.F., a 10 de septiembre de 2008 | 9:05 AM

Paul Krugman
Mirada al mundo
10 de septiembre de 2008
La estrategia del resentimiento

¿Puede realmente hablar en serio el adinerado ex gobernador de Massachusetts, hijo del director general de una compañía de la lista Fortune 500 que hizo una vasta fortuna en el negocio de las compras apalancadas, cuando denuncia a las “élites del este”?

¿Puede salirse con la suya el ex alcalde de Nueva York —un hombre que, como señaló el diario USA Today, “marchó en desfiles del orgullo gay, se vistió de mujer y vivió temporalmente con una pareja gay y su perro” entre su segundo y tercer matrimonios— al decir que Barack Obama piensa que las ciudades pequeñas no son lo suficientemente cosmopolitas?

kern¿Y puede realmente la candidata a la vicepresidencia de un partido que ha controlado la Casa Blanca, el Congreso o ambos durante 26 de los últimos 28 años —un partido que absorbió a gran parte de la industria del cabildeo del distrito de Columbia (hasta que el Congreso cambió de manos, los altamente remunerados trabajos de cabildeo estaban reservados para los leales al partido republicano)— declarar que contiende contra la “elite de Washington”?

Sí, pueden hacerlo.

El martes pasado, el innombrable —Mitt Romney lo mencionó sólo una vez; Rudy Giuliani y Sarah Palin no se refirieron a él en ningún momento— ofreció un discurso en video a la Convención Nacional Republicana. John McCain, prometió el presidente Bush, enfrentará a la “izquierda enojada”.

No hay duda de que eso es verdad. Pero no hay que dejarnos engañar ni por la antigua reputación de disidente de McCain ni por la atractiva personalidad de Palin: el partido republicano, ahora más que nunca, está en manos de la “derecha enojada”, que siempre ha sido mucho más grande, más influyente y más molesta que su contraparte del otro lado.

¿Cuál es la fuente de toda esa ira?

Parte de ella, evidentemente, es resultado de un conflicto cultural y religioso: los cristianos fundamentalistas se sienten sinceramente ultrajados por la legalización del aborto y por la inclusión de la teoría de la evolución en los planes de estudios. No obstante, lo que me impactó mientras miraba los discursos de la convención, es que gran parte de la ira de la derecha se basa no en las afirmaciones de que los demócratas han hecho mal las cosas, sino en la percepción —que en general carece de toda evidencia— de que los demócratas miran por encima del hombro a la gente ordinaria.

Por ejemplo, Giuliani afirmó que Wasilla, Alaska, no es lo “suficientemente llamativa” para Obama, quien nunca dijo nada parecido. Y Palin aseguró que los demócratas “miran con desprecio” a los alcaldes de las ciudades pequeñas, de nuevo sin evidencia alguna.

En otras palabras, lo que está practicando el partido republicano es una política de resentimiento; supuestamente debemos votar por ellos para repudiar a la élite que se cree mejor que nosotros. Para decirlo de otra forma: el republicano sigue siendo el partido de Nixon.

Uno de los argumentos clave de Nixonland, el nuevo libro del historiador Rick Perlstein, es que la estrategia política de Nixon en toda su carrera se inspiró en su experiencia universitaria, durante la cual logró ser elegido presidente del cuerpo de estudiantes explotando el resentimiento de sus compañeros de clase contra los Franklins, el club social de élite de la escuela.

Hay una línea directa de esas elecciones estudiantiles a los ataques del vicepresidente Spiro Agnew contra la prensa, a cuyos miembros tildó de “charlatanes del negativismo” y “cuerpo estéril de snobs insolentes”, y de ahí al peculiar culto a la personalidad que se daba hasta hace poco en torno de George W. Bush, del cual se celebraba su anti-intelectualismo y el supuesto hecho de que el “equivocadamente subestimado” estudiante promedio había resultado ser más inteligente que todos los expertos de pantalones elegantes.

Y cuando resultó que Bush no era tan inteligente después de todo, y que su presidencia naufragó, la derecha iracunda se enfureció aun más. Eso pasa con la humillación.

¿Pueden realmente McCain y Palin explotar el resentimiento nixoniano para obtener una victoria electoral inesperada en lo que debería ser un año abrumadoramente demócrata? La respuesta es un definitivo quizá.

Al elegir a Barack Obama como su candidato, los demócratas quizá le dieron a los republicanos una oportunidad: las mismas cualidades que inspiran a muchos partidarios fervientes de Obama —su elocuencia de altos vuelos, su personalidad cool—, también lo dejan expuesto a un ataque nixoniano. A diferencia de muchos observadores, no me sorprendió la efectividad que tuvo el mensaje de McCain en el que acusó al demócrata de ser una celebridad. No tuvo mucho sentido intelectualmente hablando, pero explotó hábilmente el resentimiento que algunos votantes sienten por la cualidad de estrella de Obama.

Dicho esto, las experiencias vividas desde el 2000 —los recuerdos de lo sucedido a los estadounidenses trabajadores cuando falsos populistas republicanos controlaron el gobierno— siguen bastante frescas en la mente de los votantes. Además, mientras que el supuesto desprecio de los demócratas hacia la gente ordinaria es básicamente un invento de la imaginación republicana, el republicano es el partido que realmente cree que la economía está bien, y el hecho de que la mayoría de los estadounidenses no estén de acuerdo simplemente muestra —dirían ellos— que somos una nación de llorones.

Sin embargo, los demócratas no pueden darse el lujo de ser complacientes. El resentimiento, sin importar lo artificial que sea, es una fuerza poderosa, y una fuerza que los republicanos son muy, muy buenos para explotar.

  Acerca del autor

Sin duda, uno de los economistas más destacados del mundo. Autor de más de 18 libros y columnista estrella del New York Times, ha pasado toda su vida académica investigando y dando clases en Yale, Stanford, MIT y actualmente Princeton. Krugman escribe, según sus propias palabras, para incomodar a la gente. "Si una columna no genera inquietud al leerla, entonces el autor ha malgastado el espacio. Esto es particulamente cierto en economía, donde todos tienen fuertes puntos de vista, pero pocos se detienen a reflexionar sobre ellos".

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