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México D.F., a 10 de septiembre de 2008 | 9:05 AM

Juan María Alponte
México y el mundo
10 de septiembre de 2008
¿Una estatua para Galileo en el Vaticano?


Circula por la prensa italiana una historia: que un donante anónimo ha ofrecido al Vaticano pagar una estatua de Galileo, es decir, el Galileo Galilei que naciera en Pisa en 1564 y que fuera condenado por la Inquisición (no añado “Santa”), como hereticus relapsus, hereje intratable, en 1633.

Le fue ahorrada la hoguera, que sí padeció Giordano Bruno (fraile dominico) en 1600, porque, atemorizado por la tortura, se retractó aunque dejara tras de sí, aunque nadie puede asegurar que sea cierto, su famosa frase: “Eppur si muove”, esto es, “Sin embargo se mueve”. La gente la aclamó como rebelión.

La Inquisición, que celebró el juicio, con Galileo vestido de penitente, en la iglesia de Santa María Minerva, lo declaró hereje intratable porque defendía el sistema de Copérnico que, sin más, asumía que la Tierra giraba alrededor del sol y no al revés. La doctrina eclesial mantenía la hipótesis de que la Tierra, hecha por Dios para morada del hombre, suponía que el sol y los astros giraban en torno de la Tierra como prueba de adoración a la obra del Creador. Una inmensa tragedia científica y moral que dos de las hijas de Galileo —nacidas fuera del matrimonio— convertidas en monjas de clausura posibilitarían un diálogo con su padre, al que adoraban y reconocían su genio de extraordinario interés humano. Algunas de las cartas de sor María Celeste a Galileo (que la madre superiora no quemó como era su propósito) han pasado a un libro escrito por Dava Sobel. Comenzaban: “Ilustrísimo señor padre”. Terminaban: “Vuestra hija afectísima, sor María Celeste”.

Ese hombre, ese sabio —sor María Celeste se impuso ese nombre porque de su padre decían que era el “mensajero celeste” o el “mensajero de las estrellas”— transformó las ideas científicas y su telescopio abrió la imaginación humana a una nueva y fecunda visión del sistema planetario. Copérnico, Galileo, Newton, son parte, con Darwin, de una etapa nueva de la humanidad. Cuando al inquisidor florentino le llegaron noticias de Galileo estaba gravemente enfermo e hizo saber su respuesta: “Si Galileo retrasa su comparecencia será conducido a Roma cargado de cadenas”.

El 5 de enero de 1642, después de recibir los santos sacramentos, murió Galileo. El año en que murió nació Isaac Newton. No per accidens. La vida, además de prodigiosa, abunda en lecciones imprevistas. Prueba de ello es que el 31 de octubre de 1992 el papa Juan Pablo II, en famoso discurso ante la Academia Pontificia, volvió a replantear, con indisputable revisión —meditada y cuidadosa—, la historia inquisitorial del caso Galileo.

Su discurso, pocas veces citado y analizado, tiene partes sustancialmente importantes: “…Si la cultura —dice— contemporánea está marcada por una tendencia al pensamiento científico, el horizonte cultural de la época de Galileo era unitario y portaba la huella de una formación filosófica particular. Ese carácter unitario de la cultura, que en sí es positivo y deseable, hoy todavía fue una de las causas de la condena de Galileo. La mayoría de los teólogos no percibía la distinción formal entre la escritura santa y su interpretación, lo que los condujo a trasponer, indebidamente, en el dominio de la fe una cuestión que de hecho competida a la investigación científica…”. “Paradójicamente —añadía en el discurso—, Galileo, creyente sincero, se mostró más perspicaz sobre ese punto que sus adversarios teológicos”. “Si la escritura puede errar —escribió Benetto Castelli— algunos de sus intérpretes y comentaristas lo pueden (hacer) de varias maneras”.

Lo cierto es que la idea de ese donante anónimo de una estatua de Galileo ha devuelto al sabio a nuestra pasión del conocimiento y, por tanto, al imaginario colectivo. El párrafo, citado por el Papa, de Benetto Castelli, es de una carta del 21 de diciembre de 1613 en Edizione nazillon delle Opere di Galileo.

  Acerca del autor
email:juan.alponte@eluniversal.com.mx alponte@prodigy.net.mx

Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista. Ha colaborado en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha escrito 37 libros, entre los que destacan Retrato de una Familia Babélica; las biografías de Colón y Lenin; Historias en la Tierra y Los Liberadores de la Conciencia.

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