Termina el mandato de Bush —el presidente con menor apoyo social que haya tenido un mandatario estadounidense en sus días finales— recordándose, con el estallido del 11 de septiembre de 2001, sus primeras palabras. El día 15, después de proclamar el estado de emergencia nacional, afirmó: “Los que hacen la guerra a EU han elegido su propia destrucción”. Los 19 terroristas suicidas que secuestraron cuatro aviones y se lanzaron, con dos de ellos, contra las Torres Gemelas y con otro contra el Pentágono eran islamistas, como se sabe, de familias de la clase media, universitarios en su mayor parte y con buenos empleos. Habían recibido sus conocimientos y prácticas de aviación en Alemania y EU. Se hizo evidente, desde las primeras horas, su líder. El director de la CIA, unos minutos después del atentado contra las Torres Gemelas (estaba desayunando en un hotel a la vera de la Casa Blanca) no dudó en decir unas palabras, entonces enigmáticas: “Ha sido Bin Laden”. Bin Laden se encontraba en Afganistán bajo la protección de los talibán. El singular es “talib” y el plural “talibán”. Pertenecían al grupo afgano mayoritario, los pasthunes, que vienen a conformar el 40% de la población de Afganistán estimada en unos 20 millones. El ataque contra el gobierno talib fue considerado, por la ONU, parte del derecho de “legítima defensa” y fue apoyado —hasta hoy, en precario— por la OTAN. Cabe recordar que los talibán, Al-Qaeda y Bin Laden, previnieron ese ataque. Dos días antes del 11 de septiembre, asesinaron, con un ataque suicida, bajo la falsa identidad de periodistas belgas (eran marroquíes) a Sahh Masud, quien representaba el liderazgo tribal más cercano al mundo occidental. Afganistán (islamizado entre los años 698 y 700 y recuérdese que Mahoma murió en el 632) estaba en manos de los talibán que habían sobrecogido al mundo poco antes demoliendo las gigantescas estatuas de los Budas. Después de sangrientas batallas, que no pudieron hacer prisionero a Bin Laden instalado en el sistema montañoso de Paquistán y organizado un gobierno nacional en Kabul, los resultados son dramáticos. Se termina el periodo de Bush dejando a su alrededor una verdad dura, el regreso de los talibán, y cuando infortunados o desesperados ataques aéreos de la OTAN han creado, por las víctimas civiles, una reacción mundial desfavorable. Dura tarea para los sucesores de Bush. Por lo demás, es la herencia histórica, también, el fracaso de la URSS en el mismo espacio. Su intervención militar para defender e imponer —10 años— un gobierno comunista en Afganistán terminó, en 1989, con la evacuación y la derrota. Algo más también: la aparición de una “guerra santa” mundial del islam contra el gobierno “ateo”. En esa guerra “nació”, entre los voluntarios mundiales, Bin Laden, que adiestrado por la CIA para combatir a la URSS, creó un nuevo sistema de resistencia. El funcionario soviético que evacuó el último soldado ruso y se despidió, conmocionadamente, de los comunistas afganos que se negaron a ir a Rusia, fue Eduard Chevardnadze. Ese funcionario, después ministro de Relaciones de Gorbachov, dice que la guerra de Afganistán costó 60 mil millones de rublos a la URSS y añade que “no se puede dejar pasar en silencio otra cifra terrible: el millón y medio de muertos afganos…” (página 136 de sus memorias L’avenir s’écrit liberté, Éditions Odile Jacob). Para EU la guerra de Afganistán —2008— cuesta 4 mil 400 millones de dólares mensuales y 12 mil 500 millones mensuales la de Irak. Llueve, sobre la conciencia humana, el desastre de una crisis histórica que plantea, al “orador” Obama o al “guerrero” McCain, según la definición de la revista Atlantic, nada menos que la creación de una nueva esfera de relaciones internacionales en horas en que la debacle económica y los problemas bélicos a escala obligan a una mutación ética y política. |