Escotes generosos, minifaldas, caras largas que mascan chicle… A ellas las conocen muchos lectores, porque se hayan sobre Anillo de Circunvalación, en La Merced, desde que éramos niños y preguntábamos a nuestros padres qué hacían esas señoras, tan despechugadas o encueradas, según. “Pues nada, que son mujeres muy pobres, explotadas por fulanos de pocos escrúpulos”, respondían tutores que se preciaban de poseer mínima conciencia social; alejándonos, de paso, del riesgo sanitario que implicaba aprender sexo con maestras cuyo costo por sesión andaba en los 40 pesos —tiempos de don Echeverría, cuando un tal El Zacatero, protegido del jefe en turno de la Cuauhtémoc, era un popular califa de la zona—. Pero en estos tiempos, después de ver trabajar este lluvioso domingo a cerca de 150 de estas chicas muy bien cuidadas por oficiales de la Unidad de Protección Ciudadana Mixcalco de la SSP-DF cabe preguntarse cómo es que políticos que en la juventud aprendieron a criticar estas formas de explotación de la pobreza no han podido hacer todavía nada para cambiar el estado de cosas; digamos, prodigar un desarrollo social como el que presume una secretaría del GDF. Como única novedad, el peatón advierte que cierto hotelucho: el Necaxa, luce una gran manta para jurarnos que no acepta como huéspedes a menores de edad —como si a los 18 años ya fueran tan adultas para defenderse del padrote— al tiempo que en la puerta puede leerse: “este hotel está protegido por Derechos Humanos: 5578-2631”. Marca uno ese teléfono y comprueba que… sí, es de la Comisión de Derechos Humanos del DF, institución que por dicho negocio se enfrentó al ex titular de la policía capitalina, Joel Ortega, quien quería clausurar ese antro de vicio y perdición —uno de los tantos núcleos de la célula delictiva sobre la que, más allá de juicios morales, se sustenta la obvia cadena de usufructo sobre el cuerpo de estas damas—. Pero de poca cosa sirve al ciudadano que la CDHDF proteja los derechos humanos del dueño del Necaxa, cuando justamente enfrente de éste opera con toda tranquilidad otro hotel que ni nombre o número tiene; de una sola planta, alargada y profunda, con fachada cubierta de mosaico azul, como de baño chafa. Sin novedad, mi jefe, han de reportar los policías que tienen a su cargo el área. Y… sí, es verdad que la práctica del oficio más antiguo no muestra más “cambio” que el de seguir igual. amilcarsalazar@yahoo.com |