Esta semana se cumplen siete años de los atentados que transformaron al mundo y cambiaron nuestra manera de viajar. Más allá de las revisiones aeroportuarias y los retrasos en los vuelos, las nuevas reglas de seguridad han tenido un costo acumulado para las líneas aéreas y los aeropuertos que supera enormemente —en tiempo y dinero— al que existía antes de ese fatídico 11 de septiembre.Ahora que si añadimos al costo el daño sicológico que los viajeros sufren cada vez que tienen que embarcarse —literalmente— en la pesadilla que implica viajar por avión en estos tiempos, tenemos un escenario terrible. Y es que los viajeros frecuentes no sólo debemos vivir con el temor de que efectivamente pueda darse un atentado o una falla mecánica, sino que además tenemos que lidiar con los numerosos ataques contra el sentido común que nos imponen los aeropuertos. Pensemos por un momento en el proceso de seguridad y de revisión. Yo me imaginaría que después de siete años de volar en peligro, las autoridades de distintos países tendrían ya normas y criterios más o menos uniformes acerca de qué es lo que constituye un riesgo o una amenaza para la aviación civil. Hay, por supuesto, ciertas cosas que resultan elementales, como las armas de fuego, los objetos punzo cortantes o los líquidos. ¿Los líquidos? Seguramente se ha fijado usted, apreciado lector, que en muchos aeropuertos los vuelos dirigidos a EU tienen restricciones acerca de los líquidos que puede uno llevar a bordo. Ningún frasco o contenedor de capacidad superior a las tres onzas es permitido a bordo, y el criterio aplicado es absolutamente rígido. Ni biberones con leche materna (cuyas capacidades explosivas son de todos conocidas) ni frascos de champú ni cremas de mano o rostro ni botellas de agua o refresco ni lociones, pomadas o cualquier cosa que se les asemeje y que no tenga una consistencia sólida puede entrar a la cabina. La recomendación entonces es reempacar esas sustancias en botellitas pequeñas o enfrentarse a la mano confiscatoria del agente de seguridad. En los puestos de revisión en los aeropuertos hay evidencias visibles, en cubos transparentes, de todos los productos que son recogidos a los pasajeros antes de su abordaje. Una mirada a estos contenedores es para preocupar al más tranquilo: navajas, cuchillos, frascos y botellas, tijeras, cortaúñas, cortapuros, pinzas, desarmadores... y yo me pregunto si vivimos en un mun-do de terroristas, o en uno de débiles mentales. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre viajar con un cuchillo o unas tijeras de cocina? ¿A quién se le ocurre —por otra parte— que mi cortapuros pueda representar una amenaza a la tripulación? ¿Qué es lo que hace que un artículo sea peligroso o no? ¿No será más riesgoso permitir que la gente lleve consigo cinco o 10 frasquitos con sabe Dios qué líquidos extraños en lugar de una botella de crema o de whisky? ¿Y no será todavía más peligroso permitir que el criterio que prevalezca sea el de un empleado de una empresa de seguridad que tal vez nunca se haya subido a un avión o que no hable bien el idioma del país en el que vive y trabaja? ¿Qué o quién decide en qué aeropuertos me tengo que quitar los zapatos y en cuáles no, en cuáles mi cinturón es una amenaza a la seguridad nacional y en cuáles puedo tranquilamente abordar con mi café y mi sándwich asesinos? Siete años de aviones y aeropuertos me han convencido de que el tiempo y la salud mental de los viajeros son las principales víctimas de los nuevos y no muy valerosos tiempos modernos de la aviación. |