“Cuando yo inicié el deporte, lo hice también con la esperanza de ser escuchada”Un joven alcoholizado al volante, Ricardo Marcos Aguirre, la incrustó contra un muro. Abandonó su coche y a ella. Una ambulancia del IMSS de Xalapa la llevó a un hospital. Le amputaron una pierna. La dejaron con un suero, supuesto analgésico y antibiótico, en una sala de recuperación. Había perdido mucha sangre. Una enfermera se acercó a ella, se apiadó y le confesó que la instrucción es que la dejaran morir. El suero no tenía nada de medicamento. Ella, recién amputada, tomó su teléfono e hizo que su familia la llevara a otro hospital. Comprobó con otros doctores lo que la enfermera le dijo. Así, Ángeles Ortiz, también licenciada en Comercio Internacional, salvó su vida. Para esto había pasado otra calamidad: su padre ya había sufrido un infarto porque el accidente fue transmitido, en vivo por televisión. Así se enteraron sus padres, su hermana, su hija, Samantha, quien ahora tiene 16 años. A ella le faltaba, gracias al accidente, enterarse de otro hecho: tiene cáncer linfático. No es sólo una historia de falta de medicamentos, negligencia médica, falta de sensibilidad de los medios. Los padres del joven que la hirió eran funcionarios del IMSS. Marcos Aguirre nunca le pidió una disculpa, lo que ella pedía. Pero eso ya pasó. Ahora Ortiz es una de las atletas paralímpicas con más oportunidad de ganar una medalla de oro para México en los Juegos Paralímpicos de Beijing 2008. Lanza bala, posee el récord mundial. Para acabar pronto es “la” deportista a vencer en la categoría ocho, es decir, personas que, como a ella, sólo les hace falta una pierna y tienen perfecta movilidad del tronco y brazos. —Cuando yo inicié el deporte lo hice también con la esperanza de ser escuchada. El día en que deje de ser Ángeles Ortiz y llegue a ser atleta paralímpica me van a escuchar, me dije. Así fue. En México, hasta que no hace algo así… Su caso está legalmente terminado. Tras un largo juicio, la juez Araceli Estrada sentenció a Marcos Aguirre a pagarle 32 mil pesos por reparación de daño. Nunca pisó la cárcel. Ese dinero no alcanza, siquiera, para la prótesis de fibra de carbono que podría usar para volver a caminar. —Él será siempre mi agresor. Siempre será, hasta que se muera, el que me amputó la pierna, y tendrá que cargar con eso. Social y personalmente —dice de manera muy tranquila. Pero Ángeles no habla ya de consecuencias jurídicas. La justicia, en su caso, ya no se hizo, pero ella junto con otras organizaciones impulsaron aumentar las penas para conductores ebrios. La ley ya está publicada; entra en vigor en enero de 2009. A partir de esa fecha, no habrá fianza posible. Tendrán que pisar la cárcel, al menos, y eso, dice ella, hará más conscientes a otras personas. —Esta ley y un libro testimonio publicado por la Secretaría de Salud de personas que, como yo, terminamos con una discapacidad o están muertas a causa de accidentes de tránsito le han dado calma a mi alma. Va a ser más difícil que suceda nuevamente. —Para salir adelante hay que tener amor. A Dios, a ti mismo, a tu familia. Fuerza espiritual a prueba de todo. Yo he visto gente, conocidos, que cuando les pasa algo malo o algo no les sale como quieren en la vida, culpan a Dios. Yo no quería que me cortaran la pierna, pero di gracias a Dios por estar viva. Cuando tenía el carro encima, pensé que la pierna me la iban a cortar toda. Cuando salí del quirófano y me dijeron que no, di gracias a Dios: eso me va a servir para una prótesis, dije. Eso hay que hacer. Hasta de lo más malo siempre salen cosas buenas. Ángeles sonríe y ríe. Lo hace muy seguido. Lo que más extraña de no tener una pierna ahora es no poder bailar, algo que le encanta como buena jarocha. Disfruta ser deportista de alto rendimiento. Ha encontrado de nuevo el amor y está comprometida para casarse. Su novio, Eduardo Giovanni Prieto, 10 años menor que ella, tiene su misma lesión: fue uno de los factores para que se acercaran. Él también es atleta, seleccionado nacional en basquetbol en silla de ruedas y deportista profesional del mismo deporte en un equipo de Vigo, en España. Eduardo está junto a nosotros. La escucha embelesado. Estuvo presente también en su entrenamiento. Él quiere casarse pronto y juntos irse a España. Es un deportista tan talentoso también él que exigió que le aumentaran el sueldo para llevársela, un gimnasio y una casa adaptada más grande, y se lo concedieron. Pero Angie le ha pedido un poco más de tiempo para ver qué pasa después de que regrese de Beijing. —Nadie nos daba más de un mes, ¿verdad, mi amor? Se hacían apuestas aquí en el Paralímpico… creo que lo que más nos daban eran tres meses. Y ahora cumplimos un año cinco meses de estar juntos y enamorados. Su internacionalización sí fue un reto, pero todos los días nos hablamos, chateamos y eso nos mantuvo unidos. Mucha gente nos ha querido separar con chismes, correos, fotos… pero al final siempre triunfa el amor. No está nerviosa de su competencia, programada para este 8 de septiembre. Sabe que está bien preparada. Ha roto en entrenamientos, muchas veces, con consistencia, su propio récord mundial. Lo asegura: ella va por la medalla de oro. Junto con ese metal, ella desea que se abran otras puertas. —Mi objetivo no es traer la medalla y ya. Quiero ayudar. Sé que de esa manera voy a tener más oportunidad. Quiero fomentar más talentos deportivos. En Veracruz hay muchos jóvenes, pero no hay entrenadores buenos todavía. Si tengo la posibilidad de buscar patrocinios para darles implementos para hacer deportes, como sillas de ruedas que les vengan, por ejemplo. Tengo cáncer y no me quiero ir de esta vida sin haber hecho algo por mucha gente. . |