Va de chisme, el otro día andaba entrevistando gente frente a la Catedral Metropolitana, ya saben, para la telera; y se me acerca un señor bien achilangado aunque de aspecto colombiano, jacarandoso como la cumbia La pollera colorá, detrás de él estaba una mujer muy guapa, cerca del cuarentón, llevaba dos niños entre los nueve y los 11 años de edad, ella se veía recién llegada al De Efe, se le notaba en el acento de actriz de película colombiana, entonces el señor me dice: “¿verdad, verdad, que cuando hay manifestaciones no pasa nada?” Me le quedé viendo, pues sí pasan, caos vial, embotellamientos, etcétera, y la señora: “Papá, vámonos, ya van a llegar los manifestantes.” Vi a la señora y tenía miedo, miedo de que hubiera violencia cuando llegaran los manifestantes, era como la milésima marcha del año en el Defectuoso. El señor sonreía: “Tranquilízate”. Pero la señora estaba angustiada. Yo no sé cómo son en Colombia las marchas, pero al ver lo espantada que estaba, le dije: “Aquí en las marchas gritan un montón y hacen como que se pelean, pero hasta los policías les van abriendo paso, y llevan otra escolta en la retaguardia”. La señora no daba crédito. Fue cuando miré hacia la calle Cino de Mayo, venía una marchita y subían a la plancha del Zócalo, miré alrededor, la gente caminaba viendo de lejos, algunos con prisa para llegar al Metro y los más ya sin pelar a los marchistas. Entonces imaginé, las represiones en China, en la plaza de Tien An Amen o en otras parte del mundo, y vi el Zócalo, y la señora colombiana dudó, pero por si las dudas caminó más tranquila pero rapidito. Chanclas, como que el 2 de octubre pasó hace 40 años y durante ese tiempo ha habido marchas de todos los sabores y todas las ideologías, en eso pensaba el sábado pasado, el día de la marcha Iluminemos México, mientras en una chelería me comía una torta de bacalao, medio furris, nada más pasable por la chela bien helodia, y veía cómo la gente vestida de blanco iba serena rumbo al Zócalo, la neta, la piel se erizaba, bien chinita, de ver a tanta gente junta, como diría el poeta Mario Benedetti: “Codo a codo somos más que dos”, bueno algunos hasta al perro llevaban, digo, estaba mamuco, porque hasta camiseta blanca le pusieron, era parte del folclore de Polanco, que maravillados veían la grandeza de la arquitectura del Centro Histórico. Pero no crean, iba un buen de gente de clase media de colonia popular, ahí sí, la neta, iban juntos y nadie se hizo fuchi, ni se miraron con desconfianza o resquemor, todos iban preocupados pero no sacatones por la inseguridad, digo, que así fuera siempre, andar por la calle, y entrar a algún lugar a beber una chela o un vinito tinto, una hamburguesa, un sushi, una torta, una queka, y caminar nuestra ciudad, digo, nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, échenle un ojito, qué tanto es tantito. |