El PRI simple y sencillamente no cambia, no puede cambiar. El viejo partido creado para permanecer, el que habitó por décadas el poder y se fundió con los gobiernos que prohijaba, nos acaba de dar cátedra del más puro gatopardismo: cambiar para que nada cambie. “¿Y cambiar para qué?”, dice su dirigente, “si así vamos ganando”. Desde la óptica de los organizadores, la reciente Asamblea Nacional priísta fue “todo un éxito”. Tuvo convocatoria, tanta que revivió a ex dirigentes como Fernando Ortiz Arana, alejado del partido y que volvió cual hijo pródigo. Incluso, gobernadores autoexiliados por su antimadracismo, como Eduardo Bours, aparecieron en el cónclave, donde ahora el ausente fue Roberto Madrazo, de quien pocos se acordaron. Los gobernadores priístas fueron todos y se enfrascaron en campal batalla por quién llevaba más acarreados y porras. Todos menos uno, José Reyes Baeza, a quien la violencia desbordada en Chihuahua le impidió ir a la grilla. Fue lo que el priísmo tradicional definiría como “un evento perfecto”: no hubo discusión, no se presentaron sobresaltos, hubo convocatoria y prevaleció “la cohesión y la unidad”, dos palabras que a los priístas se les han vuelto obsesión por creer que si las mantienen intactas podrán cumplir sus sueños recargados de volver a Los Pinos en 2012. La asamblea sólo duró 25 minutos. Así de breve y contundente fue el “cambio”. Nadie imaginaba una asamblea tan corta, menos el notario público que la dirigencia llevó para dar fe de los acuerdos. Por una “necesidad”, el notario tuvo que ir al baño cuando se daba lectura a los documentos “reformados” en las inexistentes deliberaciones. Mientras el notario desahogaba el cuerpo, al líder de la CNC, Cruz López, se le ocurrió pedir la dispensa del trámite, para obviar la lectura. No hubo discusión de los cambios ni en lo general ni en lo particular y se aprobó en fast track. Para cuando el notario volvió, le tuvieron que contar lo sucedido en los minutos que tardó en el baño para que redactara el acta y cumpliera su labor de fedatario. Y que no queden dudas, fue Enrique Peña Nieto el más aplaudido, también el que más camiones llevó a Aguascalientes. Fue también confirmación de que la popularidad y el carisma de Peña Nieto entre los priístas quizá radican en eso: es la síntesis personificada del gatopardismo simulador que tanto gusta a los priístas. Es un rostro nuevo y fresco, pero sus estilos y sus formas son tan viejas como el más viejo de los dinosaurios. Fue folclórico oír a Beatriz Paredes felicitar públicamente al gobernador de Sinaloa, Jesús Aguilar Padilla, por la medalla de oro obtenida ese sábado por su paisana María del Rosario Espinoza. El gobernador se dejó querer por los aplausos, como si el mérito de la humilde jovencita fuera suyo; mientras la delegación de Sinaloa sacaba mantas donde se leía “¡Arriba Guasave!”, y un grupo de jóvenes edecanes coreaban “¡Si-na-loa, Si-na-loa, Si-na-loa!”. La medición de aplausos no fue buena para Manlio Fabio Beltrones, que prefirió operar silencioso, sabedor de que no compite con el carisma de Peña Nieto. Para el senador sonorense fue un discreto recibimiento y llamó la atención que sólo a uno de los gobernadores, al veracruzano Fidel Herrera, se le vio acercarse y hablar públicamente con el sonorense. Había voces, como la del dirigente priísta en el Edomex, Ricardo Aguilar, que previamente cuestionaron el cambio de principios para ubicar al PRI en la socialdemocracia; pero ese tema —junto con cualquier otra divergencia— lo planchó muy bien la afanosa Beatriz Paredes en las reuniones previas. De modo que en la asamblea nadie chistó; más bien se habló de la inminente remoción del dirigente mexiquense, quien cedería su cargo al diputado César Camacho. Ni el estridente Manuel Bartlett, que había dicho que daría la batalla por el enterrado “nacionalismo revolucionario” y la reforma energética, hizo ruido. Y en medio del aterciopelado cónclave llamó la atención un hombre muy saludado, a quien le pedían tomarse una foto; era Enrique Jackson, el ex senador y frustrado aspirante presidencial que quiere volver a la Cámara de Diputados en 2009, pero como coordinador, para lo cual tendría que enfrentar, una vez más, a la tlaxcalteca que lo derrotó una vez. Fue pues una transformación casi mágica; un cambio imperceptible en un abrir y cerrar de ojos; un cambio en paz, una paz muy parecida a la paz de los sepulcros que nos vendieron ellos por 70 años. El PRI sigue siendo el mismo… y sin embargo cambió. |