Lo olvidamos. Dos días antes del ataque a las torres gemelas ocurrió, en Afganistán, un atentado. El atentado, conducido por unos falsos periodistas que, dijeron, querían una entrevista con Ahmed Sahh Massud. Los falsos periodistas eran suicidas. Perdieron sus vidas, pero terminaron con la de Massud, el único líder afgano que defendía el mundo occidental en el Afganistán controlado por los talibanes. Una mujer, en Suiza, al volante de su automóvil escuchó esa noticia: era la ex esposa de un hermano de Bin Laden. Esa mujer quedó sobrecogida: “Algo grande se prepara”. Cuando cayeron las dos torres en Manhattan se tuvo la evidencia, tardía, de vacíos en el sistema de Inteligencia. Lo indudable: el 11 de septiembre cuando se informó a Tenet, director de la CIA, que desayunaba con un amigo, Boren, en el St. Regis Hotel de Washington, de lo que acontecía en Nueva York, no dudó en hacer esta frase a Boren: “This has Bin Laden”, “Ha sido (Bin) Laden”. El gabinete de guerra, a la hora de las decisiones, optó por dos variables. Una falsa, que tendría consecuencias trágicas: que Saddam, asociado al terrorismo internacional, era el enemigo a destruir por su alianza con Bin Laden. La segunda proposición era el Afganistán talibán que protegía a Osama bin Laden. Para EU, Afganistán era un espacio conocido. En efecto, la Unión Soviética en los años 80 intervino militarmente en Afganistán para apoyar a un gobierno comunista. Para el islam supuso un ataque, “ateo”, a un país islámico. Se organizó una “cruzada” islámica que contó, entre otros combatientes, a un millonario saudí: Bin Laden. La CIA adiestró a ese ejército y en 1989, cuando la URSS se retiró de Afganistán, la CIA se lavó las manos y dejó, detrás de sí, un ejército que había sido preparado para la guerra. Un líder soviético, Eduard Chevardnadze, fue encargado de despedirse, en Kabul, de los Najibullah, la familia comunista que gobernaba el país. Chevardnadze los invitó a tomar el último avión, con él mismo, para la URSS. Le contestaron: “Nosotros preferimos morir aquí”. Chevardnadze añade: “Se ha pasado en silencio una cifra terrible: el millón y medio de afganos muertos en la etapa de la guerra en contra o en pro del gobierno comunista”. La CIA dejó organizado, tras la retirada soviética, un ejército musulmán. Los talibanes, el brazo más radical, los destructores de las gigantescas estatuas de los Budas, quedaron al mando. Entre ellos, Bin Laden. Cuando, después de los debates sobre las represalias al 11-S la Casa Blanca se decidió por Afganistán, el secretario de Estado, Powell, advirtió: “Ese ataque será imposible sin la cooperación de Paquistán”. Él mismo llamó al general-presidente Musharraf. Comenzó: “De un general a otro”. Le expuso la situación y la necesidad de utilizar todas las bases militares de Paquistán. Musharraf accedió. Estaba en el poder desde 1999. Un golpe de Estado lo condujo a la cima. Aliado máximo de Bush se encontró con un hecho nunca resuelto: que el dictador no pudo impedir que una poderosa corriente popular, con las escuelas de teología favorecieran a los talibanes y apoyaran, en las montañas fronterizas (sin el apoyo del Massud asesinado) a Bin Laden. La explosión social interna, los dilemas de un país nuclear, y el surgimiento de una oposición que, finalmente, ha derrotado a Musharraf en las urnas, han conducido al general-presidente a la dimisión. En suma, el aliado privilegiado de Bush en un frente de guerra activo abandona el sillón. Los candidatos de noviembre tienen ya, ante sí, un formidable desafío real: el de sus soldados aislados en fronteras lejanas que, un día, como Chevardnadze en su despedida de Kabul, tendrán que elegir entre la retirada o la lucha sin aliados. Obama no podrá jugar con las palabras; McCain se viste de soldado. Los delirios se pagan. |