Le Nouvel Observateur del 6 de agosto anuncia que el Partido Comunista francés, sin votos y sin recursos, intenta vender sus inmuebles. Uno de ellos es el gran edificio de su periódico —L’Humanité— y otro, tema que me ha impresionado, es un pequeño departamento en el número 4 de la calle Marie-Rose de París. Una placa nos decía en su puerta (convertido en museo por el Partido Comunista francés): “En este inmueble habitó, de julio de 1909 a junio de 1912, Vladimir Ilitch Ulianov, Lenin”. No deja de ser una alegoría significativa y relevante que va mucho más allá de poner en venta unos inmuebles. Se vende algo más. En mi libro Lenin, vida y verdad, que publicó Grijalbo, dedicaba tiempo a la estancia del líder soviético en París. Allí participó en numerosas actividades políticas, se enamoró de Inessa Armand y conoció a un líder socialista, Paul Lafargue, casado con Laura Marx, hija de Karl Marx. A Lafargue le escribió, por cierto, una carta durísima, Karl Marx, cuando era el pretendiente de su hija. No lo creía el yerno adecuado. Inessa Armand —en mi libro el capítulo de Armand se titula “El amor no es el reposo del guerrero, sino una posibilidad humana”— había nacido en París. Pertenecía a una familia de artistas refinados. Una tía suya, música, contratada en Moscú, se la llevó a Rusia. Bella y emocionante persona, Inés (Inessa en ruso) se casó con Alexander Armand, hijo de una familia de industriales rusos, muy ricos, de origen francés. Su matrimonio y sus aventuras amorosas no caben en este espacio. De regreso a París se encontró con Lenin… y con su esposa, Nadezda Kruspkaya. Lenin se había casado con ella cuando los dos estaban deportados en Siberia. Pidieron permiso a las autoridades para reunirse, pero la madre de Nadezda se presentó y dijo a su hija (atea como Lenin) que no habría boda de no casarse por la iglesia. Hubo boda eclesial y unos campesinos fueron los testigos. Así es la vida, paradójica. El amor de Lenin por Inessa fue contado por una comunista perteneciente a la alta burguesía rusa, mal vista por el partido, porque sus “libertades” escandalizaban a los rigoristas. El perfil de ese amor de Lenin fue llevado por Alexandra Kollontai a un libro inequívoco, A great love (Un gran amor). Cuando Lenin regresó a Rusia en 1917, entre los que viajaron con él estaba Inessa. Su muerte en Rusia fue muy dolorosa para Lenin que, según los testigos, lloró en su entierro. En París vivió Lenin otro enorme acontecimiento. El 27 de noviembre de 1911, al leer el periódico —en ese departamento-museo en venta— quedó sobrecogido. Se anunciaba la muerte de Paul Lafargue y Laura Marx. Se habían suicidado. Lafargue, autor de El derecho a la pereza, en su carta de despedida decía “que no quería sufrir los problemas de la vejez”. Añadía: “Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que, en un porvenir próximo, la causa a la cual me he dedicado, desde hace 45 años, triunfará. ¡Viva el comunismo! ¡Viva la Internacional Socialista!”. Ni una palabra para Laura. Lafargue no era un profeta. Por cierto, la hermana de Laura, Eleanor, una belleza, también se suicidaría. Kollontai sufrió lo suyo. Se enfrentó con los patriarcas del partido. La enviaron lejos. El 24 de diciembre de 1926, presentaba sus cartas credenciales como embajadora de la URSS al presidente Plutarco Elías Calles. Terminó su discurso así: “Sírvase creer Vuestra Excelencia, Señor Presidente, que mi actividad en México estará inspirada por un único y sincero deseo: contribuir al desarrollo del comercio entre nuestros dos países y afirmar las fraternales relaciones entre el pueblo trabajador de la Unión y el firme, valiente y trabajador pueblo de la gran República de los Estados Unidos Mexicanos”. |