“Si algo quedó claro durante las audiencias para diseñar la plataforma”, señala el documento, “fue que los demócratas están unidos en el compromiso de brindar a cada estadounidense acceso a un cuidado de la salud asequible e integral”. ¿Pueden los demócratas cumplir ese compromiso? En principio, debería ser fácil. En la práctica, los partidarios de la reforma al sistema de salud, yo incluido, no podremos dejar de sentir angustia hasta que la legislación sea efectivamente aprobada. ¿Qué aspectos de un acceso garantizado al cuidado de la salud son fáciles? Para empezar, sabemos que es económicamente viable: todos los países ricos, excepto Estados Unidos, cuentan ya con alguna forma de cuidado médico garantizado. Los peligros que los estadounidenses ven como cosa normal —el riesgo de perder el seguro, el riesgo de no poder pagar el cuidado necesario, la posibilidad de quedar en la ruina por los gastos médicos— serían considerados impensables en cualquier otra nación desarrollada. El efecto político de un servicio médico garantizado también es fácil de prever, al menos en un sentido: si los demócratas logran establecer un sistema de cobertura universal, a la nación le encantará. Sé que no todos dicen esto; algunos comentaristas afirman que Estados Unidos tiene una cultura individualista singular y que los estadounidenses no aceptarán ningún sistema que hace del cuidado de la salud una responsabilidad colectiva. Quienes dicen esto, empero, aparentemente olvidan que ya tenemos un programa —quizá haya escuchado hablar de él— llamado Medicare. Es un programa que recauda dinero del salario de cada trabajador y lo utiliza para pagar las cuentas médicas de las personas mayores de 65 años. Y es inmensamente popular. Hay todas las razones para creer que un programa que extiende la cobertura universal a quienes no son adultos mayores se volvería pronto muy popular. Considere el caso de Massachusetts, que aprobó un plan estatal de cobertura universal hace dos años. El plan de Massachusetts ha generado fuertes críticas. Incluye mandatos individuales, es decir, se exige a la gente comprar la cobertura aun cuando preferiría correr sus riesgos. Y los costos se han elevado mucho más de lo esperado, principalmente porque resultó que había más gente sin seguro de la que nadie se había dado cuenta. Sin embargo, encuestas recientes muestran un apoyo abrumador al plan, el cual ha crecido desde su entrada en vigor a pesar de los problemas iniciales del nuevo sistema. Pareciera que, una vez que existe un sistema de cobertura universal, la gente quiere mantenerlo. ¿Por qué entonces estar nerviosos sobre las posibilidades de la reforma? En primer lugar, porque es difícil establecer un sistema de salud universal. Existen, en mi opinión, tres grandes obstáculos. Primero, los demócratas tienen que ganar las elecciones, y hacerlo por un margen suficiente para hacer frente a los republicanos, que, a 42 años de que Medicare iniciara operaciones, siguen denunciando la “medicina socializada”. Segundo, debe superarse el temor por el cambio que tiene la gente. Algunos partidarios de la reforma querían que los demócratas respaldaran un sistema de pagador único, tipo Medicare, para todos. En relación exclusivamente con sus méritos económicos, tienen razón: un sistema de pagador único sería más eficiente que uno que sigue otorgando un papel a las aseguradoras privadas. Pero es mejor tener un sistema de salud universal imperfecto que nada, y la única forma de lograr que sea aprobado pronto es inocularlo contra las acusaciones de que se obligará a la gente a incribirse en planes “diseñados por burócratas del gobierno”. Por ello, la plataforma demócrata hace énfasis en la libertad de elección, declarando que los estadounidenses “deben tener la opción de mantener la cobertura que tienen o elegir de entre un amplio conjunto de planes de seguro médico, incluyendo muchas opciones de seguro privado y un plan público”. Veremos si eso es suficiente. El último obstáculo que enfrenta la reforma al sistema de salud es el riesgo de que el nuevo presidente y el nuevo Congreso pierdan de vista lo prioritario. Habrá muchos problemas exigiendo soluciones, desde una economía débil hasta una crisis de política exterior. Será fácil y tentador dejar el cuidado de la salud en segundo plano por un rato, y luego olvidarlo por completo. Esto me pone nervioso: la búsqueda de un sistema de cuidado de la salud universal en Estados Unidos es una historia repleta de ocasiones perdidas, de oportunidades políticas dilapidadas. Esperemos que esta vez sea distinto. Una cosa más: si efectivamente logramos una reforma del sistema de salud, muchas personas deberán estar agradecidas nada menos que con John Edwards. Cuando Edwards se retiró de la contienda presidencial, señalé que él era responsable de hacer que el cuidado universal de la salud fuera “un sueño posible para la siguiente administración”. La carrera política de Edwards está acabada, pero quizá él y su familia puedan encontrar un poco de consuelo en el hecho de que su partido sigue intentando que ese sueño se vuelva realidad. |