Después de largos meses —herederos de decenios de tensión— y pese a los esfuerzos del monarca que representa, como jefe de Estado, a las dos grandes comunidades, el proceso de separación entre valones de lengua francesa y flamencos de lengua neerlandesa, persiste y se amplía. El país, uno de los más prósperos de Europa, se juega su futuro. Los sociólogos alemanes, con lucidez, han definido bien ese problema en el cuadro del Estado-nación. Asumen y plantean dos magnitudes teóricas: de un lado la hipótesis de la gemeineschaft y, del otro, la gesellschaft. El primer término significa comunidad en su sentido último y peligroso de comunidad de la sangre y, el segundo, sociedad en su dimensión de sociedad política. Yo, sin duda, estoy en favor de la gesellschaft, esto es, de la sociedad política que elige, para vivir juntos, instituciones comunes, corresponsabilidades y proyectos de convivencia y tolerancia en la democracia que una larga e histórica vida en común debería ser la prioridad mayor: la de la excelencia. Bélgica, con 10.4 millones de habitantes y 44,730 dólares per cápita es un país próspero que debería encontrar argumentos para que las dos “comunidades” pudieran vivir juntas. El fracaso es un fracaso cultural con conflictividades de intolerancia lingüística que no revelan ni expresan solidaridades indispensables para convivir. Lo grave es que ello acontece en el cuadro jurídico-político de la Unión Europea cuyo origen político, desde su inicio en 1950 —Tratado del Carbón y el Acero— era terminar con las guerras “europeas” y lograr establecer un marco convivencial que, al igual que planteaba la finalización de las contiendas trágicas entre los países (dos guerras mundiales detrás de las barbaries de los nacionalismos montados sobre la gritería “A París” o “A Berlín” dejando en el camino a millones de muertos) hiciera inviables, a su vez, las guerras civiles. Sin embargo, como prueba de que no se pueden reducir los problemas reales si la teoría los olvida, lo cierto es que la Unión Europea si es verdad que ha ido dejando atrás (en principio) los conflictos entre las naciones, ha generado, como antítesis, una aceleración de los conflictos nacionales internos. La paradoja es un elemento cognitivo que es preciso tener en cuenta. Nada se resuelve sin la transformación de las fuerzas sociales. Las cosas han ido tan lejos que Le Nouvel Observateur de París, arroja el problema, además, a las llamas. Uno de sus artículos del número del 7-13 de agosto titula así: “Et si Bruxelles devenait francaise?” (¿Y si Bruselas se convierte en francesa?). El artículo añadía: “Según una reciente encuesta, 49% de los ‘vallones’ desearían llegar a ser franceses si Bélgica cesara de existir. ¿Provocación, folklore, historia divertida? No, de cara al separatismo flamenco y mientras que el país se hunde en la crisis, esta idea hace su camino…”. El texto, antes citado, va acompañado de una gran fotografía que muestra una manifestación con una enorme pancarta: “Wallonia y Bruselas regiones de Francia”. Otro artículo, en el mismo número, se titula así: “La longue marche des separatistes flamands. Flandre: l’indépendence dans les tetes”, es decir, “La larga marcha de los separatistas flamencos. Flandes: la independencia en las cabezas”. Proporciono los textos franceses para que pueda asumirse que el problema se transforma y se eleva a una peligrosa dimensión supranacional. Considerando la delicada situación de fondo, Jean-Baptieste Naudet añade: “En París la posición oficial del Elíseo y de la mayoría de los partidos es considerar la ‘question belge’ como un problema interno en el que Francia no debe mezclarse”. Lo hacen, sin embargo, los medios de comunicación. En suma, el dilema interno de Bélgica se problematiza a niveles, como se ve, no sólo de separatismo, sino de cambio nacional. Grave. |