La decisión debe analizarse en un marco técnico-económico y no en un entorno de posiciones políticas y de grupos de interés. Cada vez que se presenta una situación en la que la autoridad monetaria se enfrenta ante la decisión de aumentar sus tasas de interés, se abre una acalorada polémica entre diversos sectores de la sociedad, y generalmente el villano es el Banco de México. Obviamente a nadie le gusta esta acción ya que, en principio, constituye una medida restrictiva que en el corto plazo conduciría a un encarecimiento del crédito, una apreciación del tipo de cambio, una contracción en la demanda agregada y un mayor desempleo, siguiendo la secuencia simple de un libro de texto. Pero usualmente se olvida el resto de la historia de esta acción. Es decir, en la medida que se logre modificar a las expectativas inflacionarias de los agentes, en el mediano plazo significa una menor tasa de interés nominal y real, y un mayor estímulo a la economía. Es decir, la acción constituye una medicina desagradable en lo inmediato, pero que si fue adecuadamente aplicada, el resultado posterior debiera ser positivo. En consecuencia, la discusión debe plantearse en términos de si es adecuado aumentarlas en este momento para hacer frente a las presiones inflacionarias o se puede evitar dicha acción, y no en la propia medida que es, por definición, restrictiva en el corto plazo. Antes de abordar este punto, valdría la pena una breve acotación sobre los efectos negativos de esta acción. Lo que afecta la política monetaria es la tasa nominal de corto plazo, pero las decisiones de inversión de los agentes dependen fundamentalmente de la tasa de interés real de largo plazo. En este sentido, si la medicina de la autoridad monetaria es adecuada, el aumento de la tasa nominal en el corto plazo debiera conducir a una tasa real menor en el mediano y largo plazos (simplificando el mecanismo de transmisión). No quiere decir que no existan efectos negativos en lo inmediato, como un encarecimiento del crédito (ciertos segmentos en particular como el de tarjetas de crédito) o efectos en la posición financiera de empresas y familias (sus hojas de balance), pero no necesariamente ocurre la visión catastrofista que señalan algunos medios. De nueva cuenta, esto depende de lo adecuado de la acción. El punto a discutir es si la autoridad monetaria debiera aumentar su tasa en este momento, y aunque no contamos con toda la información que seguramente utilizará la autoridad en el proceso de decisión, sí podemos adelantar algunas reflexiones. El problema central se encuentra en el aumento en las presiones inflacionarias que se han observado en los últimos meses y que han conducido a que la autoridad modifique el periodo en el cual alcanzará su meta inflacionaria. Pero como lo indican la mayoría de los diagnósticos, estas presiones derivan fundamentalmente de factores externos asociados al comportamiento de los precios de importantes alimentos (como granos) en el mercado mundial, así como de los energéticos. No quiere decir que no existan elementos internos, pero los externos son dominantes, y en particular se caracterizan como un choque de oferta. Uno de los pocos consensos que parecen existir en la teoría monetaria moderna es que, en el caso de que las presiones inflacionarias provengan del lado de la oferta, entonces la respuesta óptima consta en no modificar las tasas. En este caso un choque negativo de oferta resultará en un aumento en precios de una vez, reflejando un cambio en precios relativos. Si no se modifican las expectativas inflacionarias de los agentes en el futuro, se esperaría que la inflación regresara a su senda anterior en periodos posteriores. Aun así, la autoridad puede argumentar que las expectativas sí se han modificado de acuerdo con los últimos datos, además de suponer que estas expectativas se adelantan a la inflación. Pero aun en este caso habría que conceder la posibilidad de que nuestro conocimiento sobre el comportamiento de las expectativas es limitado y existe la posibilidad de que en realidad no sean un indicador adelantado, sino que sigan a la inflación (un problema de causalidad aún no resuelto empíricamente en nuestros datos hasta donde yo conozco). Si esto último fuera cierto, entonces se estaría dando una sobrevaloración al papel de las expectativas. Si bien habría que extender el análisis y argumento, lo que no puedo realizar en este espacio limitado, la idea central está expuesta y creo que, después de los últimos dos aumentos anunciados por Banco de México a su tasa de referencia y que ya han cumplido una función en indicar su postura monetaria y compromiso con el control de precios, creo que existe margen para que en esta ocasión mantenga la tasa en 8%. No por motivos políticos, sino técnicos. |