Para cualquier observador pasajero de la campaña presidencial estadounidense, ésta debería ya estar decidida. Uno de los candidatos es joven, carismático, articulado y enarbola la bandera del cambio cuando los niveles de desaprobación del presidente en funciones son históricamente altos. Su contrincante tiene la edad de cualquier abuelo, problemas aparentes de salud, una campaña desorganizada, mucho menos dinero y se le vincula con la maltrecha administración saliente.El primero condujo una campaña impresionante en las primarias, con un excelente manejo del discurso y la publicidad, una capacidad de organización y movilización envidiable y una notable habilidad para conectar con el público y de paso recaudar fondos. El segundo de los candidatos estuvo al borde de la bancarrota incluso antes del arranque de las primarias, tuvo que recortar personal y alcance de su equipo de campaña, se ha enredado verbalmente en numerosas ocasiones y es visto con recelo por la propia base de su partido. Mientras que el primero hace un viaje triunfal por el mundo que le importa a EU (Asia, Medio Oriente y Europa) cosechando elogios y reuniendo multitudes, el otro se ve reducido a refunfuñar acerca del buen trato que su opositor recibe de los medios. Uno abarrota las calles de Berlín cual estrella de rock, el otro se sube a un carrito de golf con el ex presidente Bush en una oportunidad de foto que parece diseñada por una agrupación de ancianos retirados. Por si todo lo anterior fuera poco, cuando el segundo lanza una serie de anuncios más críticos que de costumbre, los medios se le van a la yugular por su negativismo. Barack Obama y John McCain parecen salidos del cuaderno de un guionista de cine: polos opuestos en casi todos los sentidos, han manejado sus estrategias electorales de maneras diametralmente opuestas y definido o redefinido sus propias personalidades de campaña de tal forma que le presentan al electorado dos alternativas divergentes. Es decir, Obama y McCain son en verdad —o al menos en lo que por verdad pasa en tiempos de campaña— dos opciones bien distintas. Lo arriba reseñado debería ser suficiente para tener a Obama con una cómoda ventaja que a estas alturas podría considerarse irreversible salvo por los naturales riesgos de un tropezón o una emboscada de última hora. Debido a los riesgos que enfrenta una candidatura y una personalidad como la suya, Obama necesita construir un colchón, un margen que le permita absorber los golpes bajos inevitables en este tipo de justas, las dudas e incertidumbres que pueden asaltar a algunos de sus simpatizantes a la hora de emitir su voto. Pero algo le está pasando —o, mejor dicho, no le está pasando— a la candidatura del demócrata. No obstante todos sus evidentes atractivos y todas las obvias desventajas de su rival, Obama no logra despegársele a John McCain en las encuestas, no alcanza a obtener el “rebote” que sería lógico esperar después de éxitos tan sonados como el de su reciente gira internacional. Si las encuestas deben ser siempre leídas con cuidado y una buena dosis de escepticismo, todavía más las que se producen 100 días antes de una elección presidencial tan competida y tan visceral como la que se anticipa en EU. Los probables votantes están reaccionando lo mismo ante lo positivo de “sus” candidatos que a lo igualmente bueno de los “otros”: paradoja de paradojas, el éxito de la gira de Obama ha motivado a los partidarios de McCain, según la más reciente encuesta de Gallup/USA Today. Lo único consistente es que los dos candidatos siguen parejos, muy parejos, en un juego en el que sólo aparentemente Obama está anotando muchos, muchos más puntos que McCain. |