Excepción hecha de los Beatles o los Rolling Stones, las figuras de la música moderna tendrían motivos de sobra para envidiar a Barack Obama. Con una voz que sin ser mala no es nada espectacular y con un sentido del ritmo que lo haría fracasar en cualquier reality show, el candidato demócrata a la Presidencia de EU tuvo un periplo europeo tan exitoso que sólo faltaron —hasta donde sabemos— las adolescentes lanzándole sus paños menores.El tour de Obama tenía como propósito mostrar su lado de estadista internacional, uno de los pocos rubros en que no se le califica mejor que a su contrincante John McCain. La poca experiencia en asuntos internacionales de Obama, sumada a un par de pronunciamientos atrevidos o desafortunados, ha hecho que los republicanos se aferren al tema como a una tabla en medio del mar. Así las cosas, sus managers decidieron mandarlo a una gira artística en que pudiese mostrar no sólo el carisma que lo caracteriza, sino también un poco de la madera que todos —incluidos sus detractores y sus partidarios— esperan ver en el posible próximo presidente de Estados Unidos. La planeación, organización y escenografía del primer gran viaje internacional de Obama fueron impecables. Visitando a la tropa en Afganistán, rezando en el Muro de los Lamentos en Jerusalén, jugando básquetbol con soldados estadounidenses en Irak, reunido con líderes políticos, jefes de Estado y gobierno en Asia, Medio Oriente y Europa, la suma de oportunidades fotogénicas no deja nada que desear. ¿El discurso? Bien y cuidado, sin un solo traspiés que pudiese restarle puntos o dárselos a su adversario. De su magnetismo ni falta hace hablar. Dejó igualmente encantados al dirigente iraquí Nouri al-Maliki y al presidente francés Nikolas Sarkozy (lamentablemente no tenemos reportes de cuál habrá sido la impresión de Carla Bruni). En Berlín, 200 mil personas acudieron a escucharlo en una de las plazas emblemáticas de la ciudad que ha visto pasar como héroes a John F. Kennedy y a Ronald Reagan, y que ahora se rindió frente a Barack Obama. Su discurso en Berlín, con sus tácitas evocaciones de Lincoln, Roosevelt, Kennedy y Reagan capturó a la multitud y los medios alemanes, no muy dados a la idolatría, se derritieron por Obama. Es comprensible el entusiasmo europeo y la buena recepción en Irak, Afganistán y Medio Oriente cuando recordamos lo que ha sido la política exterior estadounidense en los últimos siete años y medio. Nunca desde la guerra de Vietnam había caído tan bajo la imagen de Estados Unidos y de su gobierno en el mundo entero, y muy particularmente en los países y regiones que visitó Obama, por lo cual su viaje sirvió lo mismo como bálsamo que como esperanza de un futuro distinto, mejor, en la relación de EU con el resto del mundo. Pero la pregunta obligada es para qué sirve todo esto si Obama no es aún —que yo sepa— candidato a presidente planetario. Para el votante estadounidense promedio el entusiasmo generado por Obama puede resultar hasta sospechoso y lo es ciertamente para quienes viven fuera de las grandes urbes, en el provincianismo que es tan característico de muchas partes de Estados Unidos. Es en ese mundillo, lleno de prejuicios y recovecos mentales en el que Obama tiene que competir, en el que tiene que convencer a los votantes de que es uno como ellos, no demasiado sofisticado, no demasiado liberal, no demasiado “extranjero”. No es fácil, con su apariencia, su nombre y sus antecedentes familiares, pero Obama tiene que lograrlo si quiere alcanzar la Presidencia de Estados Unidos. Si fracasa, siempre podrá dedicarse a otra cosa, que si algo le sobra son fans. |