Encuentro PRI, PAN y PRD; derrota de la consultaLos tres grandes pactan nuevo reparto de Petróleos Mexicanos El pasado jueves, la guerra por Pemex entró a su etapa más delicada, la de los amarres. Y es que la disputa pública que hemos visto no es más que una pelea entre los grupos políticos que reclaman su respectiva tajada en el nuevo diseño de la paraestatal. Es decir, la pelea por el petróleo entró a la fase en donde los dueños del poder político y de la cosa pública —lo que genéricamente llamamos partidocracia y que son los partidos, sus gobiernos y fuerzas legislativas—, buscan acordar nuevas reglas del juego en el ejercicio del poder y, por supuesto, en el reparto de los bienes nacionales, como es el caso de Pemex. Y es que contra lo que muchos quieren creer —algunos porque se niegan a ver la verdad y otros porque la ignoran— en el fondo lo que está en juego y en disputa no es el nacionalismo ramplón, tampoco el cacareado interés nacional y menos el “interés de la gente”. No, como ocurre en todo el mundo, en la nueva pluralidad mexicana y una vez que se modificaron los equilibrios políticos que prevalecieron por décadas —luego de 70 años de PRI en donde la riqueza nacional era sólo para una casta política—, llegó la crisis en Pemex, pero junto con ella también se presentó el momento de cambiar las reglas del juego sobre el destino de la paraestatal. Reparto de poder Ese es el fondo de la disputa —les guste o no a los azules, tricolores y a un sector de los rabiosos amarillos—; el rediseño del acuerdo institucional que redistribuya los beneficios de la riqueza petrolera, no sólo entre los afines al PRI, sino al PAN y al PRD. Y en el discurso mediático, ninguna de las tres fuerzas se atreve a llamarle a las cosas por su nombre. Por eso los tricolores hablan de una “reforma del Estado”, por eso los azules dicen que “sin el tesorito” viene la quiebra de Pemex, y por eso los amarillos quieren espantar con el petate del muerto de “la privatización”. Ese tripartita interés inédito explica que —sin que mediara el clásico llamado presidencial, sin que la verdadera y potente voz de las masas se expresara, sin el golpeteo de la arenga popular— los jefes de PRI, PAN y PRD decidieran sentarse solitos, por la libre, modositos, sin mucho ruido —al llamado del que menos imaginaron, el jefe interino de los amarillos—, para hacer lo que por definición deben hacer los partidos políticos: eso que se llama política. ¿Y qué clase de política? La única capaz de dar resultados en pluralidad y democracia, la del diálogo, la negociación y el acuerdo. ¿Y qué dialogan, negocian y acuerdan? Pues eso, que Pemex ya no será como hasta ahora —operación política, técnico, tecnológico, financiero y fiscal que fue diseñado para servir a una sola clase política—, sino que sus beneficios serán acomodados a la alternancia, a una realidad en donde tres grupos de poder, con siglas y supuestas ideologías, deben resultar beneficiados. Lo demás, demagogia, vestidos desgarrados en la plaza, las banderas que arropan a los héroes del moderno gimbory, no parece más que un recurso espanta bobos. Farsa y farsantes ¿Qué es, si no un farsa, la consulta que hoy llevan a cabo los amarillos, con todo el dinero público, con su insultante acarreo, grosera inducción de sus preguntas, ofensivo uso del dinero público para fines electoreros, al más rancio estilo priísta? Pues es eso, una estratagema engañabobos. Es decir, se pretende crear de manera artificial una fuerza social “de la gente” —con una consulta engañosa, preguntas tramposas, dinero público y mentiras discursivas—, como telón de fondo para presionar y meterse al reparto del botín petrolero. Sólo los ingenuos o los charlatanes pueden esgrimir la consulta petrolera como un ejercicio democrático y representativo de un interés mayoritario. La consulta es, en tanto instrumento para normar el criterio político y social sobre la reforma petrolera, lo más cercano a un engaño. En todo caso lo que debían decir sus promotores —pero es políticamente incorrecto decir la verdad—, es que la consulta no es más que un instrumento político que busca tres objetivos claros. Primero, dotar de base y soporte a los gritos lastimeros de un político que perdió su lugar en el reparto del botín sucesorio. Segundo, impulsar a un político que aspira a tener mano en ese reparto y, tercero, impedir que el botín quede sólo en manos de los dos partidos que en los hechos gobiernan; PRI y PAN. Asalto y derrota En el fondo López Obrador juega el juego del “Capitán Garfio”, quien montado en su viejo navío del trasnochado nacionalismo esgrime las banderas de la privatización de Pemex, como un anzuelo para asaltar los barcos que por la vía de las urnas se llevaron el tesoro del poder. En realidad los radicales amarillos —al perder la elección presidencial, y luego al perder el control del partido—, se inventaron esa estratagema. Pero no porque les interese la gente, la patria, la soberanía nacional. No, el cuento de la consulta y el espantajo de la “violencia porque hacen enojar a la gente” no son más que presiones para participar del botín. Frente a ese escenario, un sector del PRD se niega a participar en ese reparto, porque cree que el botín de la guerra electoral le corresponde. No reconoce su derrota e intenta arrebatar el botín al PRI-AN mediante las peores artes de la política; dinamitar gobierno e instituciones que hicieron posible la niña democracia mexicana. ¿Qué significado tiene que dos días antes de la peculiar farsa de consulta ciudadana sobre Pemex, los líderes de los tres más influyentes partidos políticos se hayan reunido y pactado el cómo y cuándo de la reforma? Es la derrota de la consulta. |