Acabo de ver el la película-documental Recount, de la cadena HBO, que se refiere al muy conocido y debatido caso que terminó decidiendo la elección presidencial estadounidense en el año 2000. Con un elenco de estrellas, Recount nos presenta con una aproximación al largo y controvertido proceso para determinar al ganador de esa contienda en el estado de Florida, cuyos votos electorales eran decisivos.Las memorias de este capitulo de la historia reciente de la política estadounidense dependen en buena parte de las filias o fobias partidistas. Para los simpatizantes Demócratas fue un caso de fraude y manipulación que resultó en la usurpación de la presidencia por parte de George W. Bush, mientras que muchos republicanos consideran que se hizo justicia y que al final se impuso el hombre que ganó limpiamente esa votación. Para aquellos lectores que no lo recuerden, ya por su corta edad, su desmemoria o porque optaron por borrar ese episodio de sus recuerdos, en la noche del 2 de noviembre del año 2000, los candidatos demócrata y republicano, Al Gore y George W. Bush, respectivamente, se encontraban prácticamente empatados en la recta final de la elección presidencial. De acuerdo a la tradición establecida del complejo y barroco sistema electoral estadounidense, los medios de comunicación van informando del resultado de cada uno de los 50 estados conforme cierran las casillas o cuando las encuestas de salida indican un vencedor o un claro favorito en la entidad correspondiente. Esos resultados de la votación popular se traducen en los así llamados “votos electorales”, que vienen a ser los que finalmente determinan al ganador. Cada estado tiene predeterminado un número de “electores” en el Colegio Electoral, que básicamente corresponden a sus representantes en el Congreso. Esta arcaica formula buscaba originalmente encontrar un punto medio entre la selección del presidente por el Congreso o su elección por el voto popular, y es una de las formulas antaño tan frecuentes de democracia indirecta, claramente contraria a las prácticas democráticas modernas y al concepto rector de “un ciudadano, un voto”. En EU, los votantes de cada estado votan por sus “electores”, que a su vez votan para elegir al presidente de la nación, pero resulta que no se asignan de manera proporcional, sino absoluta. Es decir que quien gana la mayoría en cada estado tiene derecho a TODOS sus “electores”, no importa el margen por el cual ganó. Da lo mismo ganar Ohio, por decir algo, con el 50% más uno de los votos o con el 75%, de todas maneras el ganador se lo lleva todo. En teoría, los “electores” pueden cambiar el sentido de su voto e incluso abstenerse, cosa poco frecuente pero que bien puede cambiar el resultado electoral. Volviendo al año 2000 y al estado de Florida, en la noche de las elecciones los medios dieron primero como ganador en ese estado a Al Gore, basándose en las encuestas de salida, pero pronto tuvieron que dar marcha atrás, pues los resultados en las casillas no concordaban con lo que los votantes le habían dicho a los encuestadores. No es común que las encuestas de salida se equivoquen así, tan marcadamente, y la confusión que eso generó fue apenas el inicio de una larga pesadilla burocrática, política y judicial que culminó con la llegada de Bush a la Casa Blanca gracias a los “electores” de Florida, en medio de cuestionamientos, impugnaciones y el franco rechazo de un importante sector de la población estadounidense. Recount nos muestra, con lujo de detalle, esplendidas actuaciones y una trama digna de una película de suspenso, la historia de Florida que pudo haber sido la de cualquier otro estado de la Unión Americana. Lo más preocupante es que, en la democracia más prospera y poderosa del mundo, todo esto se podría repetir. |