El libro de Elena Poniatowska tiene más de un acierto y está escrito por quien no teme la acusación de advenediza del verso.Elena Poniatowska no tiene pretensiones de que la llamen poeta y, por ello, despreocupada de toda vanidad lírica, nos entrega un librito que, leído sin prejuicios, es hermoso y deleitable. Rondas de la niña mala (México, Era, 2008) tiene más de un acierto y está escrito por quien no teme la acusación de advenediza del verso. Por otra parte, no le preocupa, siquiera, que Mario Vargas Llosa haya publicado hace un par de años una novela intitulada Travesuras de la niña mala (México, Alfaguara, 2006). Su niña también es mala. La autora de La noche de Tlatelolco no es poeta o, para decirlo exactamente, no había publicado antes un libro de poesía, pero pocos saben que, cuando sólo tenía en su haber un único libro de creación literaria (Lilus Kikus, 1954) junto a un par de volúmenes de entrevistas y reportajes (Palabras cruzadas, 1961; Todo empezó el domingo, 1963), Carlo Coccioli la incluyó en la antología bilingüe Rojo de vida, negro de muerte (Bolonia, Italia, 1969), una muestra de poesía mexicana contemporánea, junto a autores como Griselda Álvarez, Guadalupe Amor, Homero Aridjis, Alejandro Aura, Rosario Castellanos, Alí Chumacero, Margarita Michelena, Salvador Novo, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Carlos Pellicer y Jaime Sabines. Coccioli dijo entonces: “Elena Poniatowska se dedica activamente al periodismo; es una entrevistadora original. En 1954 publicó un librito de prosas titulado Lilus Kikus. No está convencida de ser poetisa, pero probablemente lo es”. El texto incluido en aquella antología, La primavera de los banqueros, tiene algún parecido con las rondas de la niña mala. Escribía Poniatowska: “Sopla un viento de primavera/ y los banqueros escriben versos/ en sus libretas de cheques.../ Ponen fechas extraordinarias/ bajo cada poema:/ Florencia, marzo de 1949;/ Estambul en día que llueve/ y Bretaña y Pompeya y San Ángel/ ofrecen ruinosos o floridos pretextos./ En la caja del pecho/ el duro corazón blindado/ se deshace en la miel espesa/ de los endecasílabos.” En Rondas de la niña mala (con ilustraciones de Leonora Carrington y Pablo Weisz Carrington), Elena Poniatowska recupera la infancia y la adolescencia y nos entrega una serie de canciones cuyos personajes principales son la propia autora y su hermana, aunque también tenga evocaciones para sus nanas, su madre, su hermano y sus amigas. El libro es tan juguetón y tan poco pretensioso que casi siempre da en el blanco de la emotividad y, al igual que Lilus Kikus (también ilustrado por Leonora Carrington) no necesita fingir la ingenuidad o la inocencia porque éstas fluyen, naturalmente, desde un lenguaje que impone el propio recuerdo. Desde luego, hay artificio y elaboración (como en todo ejercicio literario), pero la frescura sobresale y llena las páginas de deleite. En El árbol que da niñas escribe la autora: “Obedezcan, niñitas,/ ¿qué hacen allá arriba?/ La maestra, en el suelo,/ estremece y sacude/ del cristal de sus risas/ el árbol que da niñas”. En Esquinadas, uno de los mejores textos del libro, leemos: “Dos hermanas niñas;/ cresta blanca erizada,/ viven su amor más grande/ a la mitad del mundo”. Y en Primera sangre, la evocación fraterna no es menos acertada: “Niña de pechos planos,/ algo sucede en ella,/ culposo, inexplicable/ como andar por la vida/ equivocada”. Rondas de la niña mala es un libro poético y narrativo. Un libro personal, íntimo y autorreferencial, pero no sólo esto: es un libro que habla de la infancia y adolescencia desde una metáfora generacional. Es, por lo demás, un libro mágico y pleno de gracia. QUIÉN ES II Nació en 1933, y estudió Filosofía en la Universidad de Panamá y Restauración en Italia, Irlanda y Portugal. |