La semana pasada, a propósito de la controvertida portada de la revista The New Yorker, hablábamos acerca de los prejuicios que muchos tienen con respecto a la raza, las creencias y la vida familiar de Barack Obama. Una encuesta reciente nos da una idea de lo grave que puede ser esto para el candidato demócrata.Sobre el precandidato Barack Obama y su esposa Michelle se han dicho muchas cosas, algunas ciertas y otras no, algunas basadas en la realidad, así sea vagamente, y otras que son completas invenciones. Es así la política, son así las campañas, y tanto los medios como la opinión pública tienen su parte de corresponsabilidad al publicar, comprar, leer y/o creer las versiones y rumores que se difunden. El fenómeno de la difamación política, bien llamada en inglés character assasination (homicidio de personaje, o como lo define mi Larousse, campaña de difamación) es común y frecuente en democracias y dictaduras, en países donde la libertad de prensa impera o donde se restringe y limita. Es tan difícil impedirla como cambiar la naturaleza humana, tan dada a los malos pensamientos, sobre todo cuando se refieren al prójimo. El character assasination se ha ido ganando un lugar en los salones principales de la política, no más oculto en los sótanos y en los cuatros oscuros llenos de humo en donde originalmente se escondía de las miradas de las buenas familias. Existe desde tiempos bíblicos, en todas partes del mundo en que el prestigio y la reputación cuenten para algo en los negocios, en la vida pública, en sociedad, y su uso y abuso son ya parte fundamental de cualquier campaña que se respete en las así llamadas democracias avanzadas. Tiene, para ser sinceros, sus lados positivos, pues permite una confrontación de ideas y un contraste de personalidades entre los candidatos que no se daría en un mundo en que las reglas del juego estuvieran basadas en la amabilidad y la cortesía. Con frecuencia se confunden la urbanidad con la defensa de la verdad o la transparencia, haciendo parecer que cualquier crítica o ataque son necesariamente “malos” en un mundo en el que debería imperar la “bondad”, entendida ésta como la cortesía y la autocensura. Pero esos son temas para otra columna, y ya me ocuparé de ellos en un futuro no muy lejano, pues me parece que en la condena a las campañas negativas se ocultan los fantasmas de la hipocresía y la censura. Entre los muchos cuestionamientos y rumores que han corrido sobre los Obama predominan los que tienen algo que ver con sus orígenes, su educación y su religión. Ese era el punto que trataba de subrayar The New Yorker y que en vez de ser aplaudido fue duramente criticado por poner sobre la mesa, con humor descarnado, las debilidades, inseguridades y prejuicios de la sociedad estadounidense. Una encuesta encargada por la revista Newsweek nos muestra lo eficaces que han sido estos rumores, o lo profundos e inconscientes que son algunos de los temores e inseguridades de nuestros vecinos: El 26% de los encuestados opina que Obama fue criado y educado como musulmán, mientras que 12% cree que él es hoy en día un musulmán practicante. Otros tantos piensan que Obama utilizó el Corán para prestar juramento como senador, en vez de la tradicional Biblia. La presunción de que es musulmán, reiteradamente negada por Barack Obama y sobre la cual no existe evidencia creíble, tiene un impacto real en un país en el que la religión juega un papel fundamental en la política y en el que el peso de los cristianos fundamentalistas (o, como ellos prefieren ser llamados, evangélicos) va en rápido aumento. Habrá que ver qué predomina al final, si la fe en los rumores o la fe en la verdad. |