Es un sí sostenido, respondía el maestro García Blanco a cualquier propuesta para impulsar la música popular mexicana. Lo mismo para hacer un arreglo que para vestir de fiesta su Escuela Mexicana de la Música.
Esa escuela cuida la tradición musical en México y la pone en las manos de decenas de jóvenes y adultos.
Don Daniel García Blanco fue maestro de tiempo completo. Hablar con él era como tomar una clase de música o de historia. Sentado al teclado o en su colorido escritorio, que siempre se me ha figurado una marimba, hablaba de autores, compositores, arreglistas, versiones, músicos antiguos y contemporáneos.
A la Escuela Mexicana de la Música no se puede ir con prisas. El tiempo cobra su verdadero ritmo y su real dimensión. En nuestros diálogos constantes me hacía exámenes. Haber Luci —él era el único autorizado para llamarme así—, ¿cómo empieza “Flor de Azálea”? Sentado al piano, me explicó cómo en sus años de normalista hizo la introducción del Himno Nacional para que los niños y niñas pudieran entonarse, ya que el inicio era muy brusco. Elaboró también un método para la lectura y escritura musical, acorde a nuestros ritmos tradicionales.
Hizo muchos arreglos y composiciones. En su enorme modestia y su infatigable paciencia, las puso al servicio de los músicos de a pie, los que no tienen espacios en las carteleras, los que gustan de lo propio porque les sale del alma.
ConArte trabaja de cerca con la escuela. Cuando le ofrecí al maestro García Blanco que sus alumnos tomaran clases de expresión corporal, respondió: es un sí sostenido. Lo mismo cuando le pedí que le abriera sus archivos a un maestro de música de ConArte para enriquecer el repertorio del programa Aprender con Danza, o cuando le propuse recibir a músicos jazzistas del National Dance Institute, invitados por ConArte, quienes gustosos y respetuosos tomaron clases de acompañamiento de música mexicana y marimba.
Esas enseñanzas fueron hasta las aulas de la ciudad de Nueva York, donde recientemente concluyó el espectáculo Volando a México, en el cual niños y niñas de dicha ciudad y 11 estudiantes mexicanos bailaron desde ritmos tradicionales hasta Nortec, La Maldita o música de Lila Downs. Igual habíamos atendido la invitación para inaugurar el Festival de Primavera en el patio de la SEP.
El 4 de julio iba a sorprenderlo con el libro Ah, que la canción, música mexicana en la escuela, creado por ConArte para devolver la canción popular a las aulas, pero un día antes se me adelantó. Por eso el libro se lo presenté primero a él, en el modesto sitio donde se le veló. Se lo entregué a su hijo Armando, entre marimbas, violines, jaranas y voces que acompañaban a un gran maestro, caballeroso y sencillo como los verdaderos sabios.
El compositor Jorge Córdoba tiene razón, la Escuela Mexicana de la Música debería llevar el nombre de su fundador, pero también recibir un mayor apoyo. Su mediateca es un tesoro, pero tiene una sola computadora. El edificio que con dignidad ha cobijado la escuela pide a gritos una remodelación, pero hasta ahora sólo ha recibido promesas. |