Las reacciones en EU a la portada de la revista The New Yorker en la que aparecen Barack Obama y su esposa Michelle no pueden sorprender a nadie.The New Yorker tiene una muy bien ganada fama de seriedad periodística e intelectual, con un lado irónico y humorístico que se despliega especialmente en sus célebres caricaturas y en sus portadas, que son para muchos de colección. De hecho, así como corría el chiste añejo de que la gente compraba Playboy para leer los artículos, hoy se dice —con mayor veracidad— que hay quien compra The New Yorker para ver sus caricaturas. La portada de marras no tiene desperdicio. Reproduce, con algunos pincelazos, todos los prejuicios y falsedades que se han propagado sobre la pareja Obama, los rumores sobre su supuesta falta de patriotismo, sobre la amenaza que representaría para la seguridad de EU, su “debilidad” en la lucha contra el terrorismo, su origen étnico, su supuesta afiliación religiosa... En una habitación que presumimos está en la Casa Blanca, se nos muestra a Barack ataviado con un turbante y traje que podría ser árabe, mientras que Michelle aparece con un peinado afro que recuerda a Angela Davis (aquella activista de los 70 vinculada con grupos armados como las Panteras Negras en EU), un arma larga en la espalda y cananas cruzándole el pecho. De una de las paredes cuelga un retrato de Osama bin Laden, en la chimenea arde una bandera estadounidense y los esposos Obama chocan los puños en un saludo que alguna vez fue característico del “poder negro” y que hoy es practicado por jóvenes en todas partes del mundo. Desde hace tiempo, Obama había sido víctima de críticas, acusaciones y rumores acerca de muchos de los puntos de la portada referida. Por internet circularon versiones falsas que afirmaban que él era musulmán; se ha tratado de utilizar su segundo nombre, Hussein, como prueba de algo malo; una foto suya vestido con un traje típico somalí fue utilizada para insinuar sus simpatías con terroristas; se armó un revuelo fuera de toda proporción acerca de su negativa a usar una banderita estadounidense en la solapa; a Michelle le llovieron críticas por afirmar en una entrevista que con la candidatura de su esposo “por primera vez se sentía realmente orgullosa de su país”... Así que se preguntarán ustedes, apreciados lectores, por qué tanto revuelo en torno a la portada de una revista que ni siquiera es de circulación masiva. La respuesta, me temo, dice más acerca de los indignados que de los caricaturizados o de los editores de la revista y tiene que ver con esa doble moral tan frecuente en la vida pública de EU que hace que sea tabú reírse de lo que muchos piensan pero no se atreven a decir. El establishment y los medios en EU han pretendido convencerse a ellos y al resto del público de que la raza de Obama no importa, que su nombre y apellido no importan, que la sociedad está lista para tener un presidente negro, que ha madurado al grado de volver superficiales y secundarias las historias y las secuelas del racismo. Claramente no es así. Subsisten en EU prejuicios y temores que saldrán del armario. Si no se expresaron antes con mayor fuerza fue porque los simpatizantes demócratas tienden a ser un poco más abiertos y tolerantes que el resto de la población. Poco de esto se refleja en los sondeos, ya que la “corrección política” hace que muchos se resistan a mostrar sus verdaderas telarañas mentales. La candidatura de Obama es histórica, y no sólo por tratarse de un hombre de sus características, sino por lo que nos dirá sobre lo mucho o poco que ha progresado la sociedad en el país más poderoso del mundo. |