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México D.F., a 15 de julio de 2008 | 4:24 PM

Gabriel Guerra Castellanos
El mundo según Guerra
14 de julio de 2008
El espionaje y la política


Cuando se habla de espionaje lo primero que nos viene a la mente es, por supuesto, la guerra fría, ese maravilloso periodo de la historia reciente en el que todos se espiaban a todos, los buenos a los malos, los malos a los más malos, los buenos a los menos buenos y así ad infinitum.

Los casos más glamorosos y los que más cautivaron la atención del público fueron, lógicamente, aquellos con repercusiones internacionales. El más celebre, tristemente, fue el del matrimonio Rosenberg.

Julius y Ethel eran una pareja de estadounidenses miembros del Partido Comunista, que justo en las épocas del furor anticomunista de Joseph McCarthy fueron acusados de transmitir información secreta acerca del programa nuclear estadounidense a la Unión Soviética. En medio de un linchamiento mediático en EU —en el que también influyó el hecho de que fueran judíos— y de la condena internacional al proceso, que incluyó reclamos de Albert Einstein y del papa Pio XII, los Rosenberg murieron en la silla eléctrica en 1953.

No fue muy distinto el suyo al caso de Alfred Dreyfus, el capitán del Ejército francés que fue injustamente acusado de espionaje en medio de otro furor, el del antisemitismo francés, en 1894 y quien permaneció preso durante 12 años, hasta que fue exonerado y recuperó su carrera militar, convirtiéndose su caso en uno emblemático de lo que los prejuicios religiosos y étnicos pueden hacer en perjuicio de la justicia.

Contundente fue en cambio el de John Profumo, quien siendo ministro de Guerra de Gran Bretaña cayó en una red de espionaje y prostitución que le costó su puesto y su carrera y también ocasionó la caída del gobierno del primer ministro Harold McMillan, en 1963. Otro escándalo británico fue el de los Cinco magníficos, un grupo de talentosos funcionarios que más motivados por la ideología que por el dinero proporcionaron información confidencial a la Unión Soviética durante años mientras ocupaban altos cargos. El más famoso de ellos, Kim Philby, duró años en puestos relevantes hasta que huyó a la Unión Soviética, donde fue recibido como héroe.

El espionaje es tan antiguo como cualquier otra profesión, y los personajes que a ello se han dedicado son tan variados, con motivaciones e inclinaciones tan diversas, que resultaría imposible aproximarse a un perfil del espía prototipo. Las historias y las anécdotas son también interminables, si bien debe quedarnos claro que casos como los arriba mencionados son excepcionales para un tema que es mucho más cotidiano de lo que cualquiera imaginaría.

Hoy en día los espías están en los gobiernos, las corporaciones, los partidos y las organizaciones sociales. Sirven a intereses múltiples y lo hacen a veces por amor, o por dinero, o por convicción, o por despecho, o porque simple y sencillamente ese es su trabajo. Por cada agente famoso hay millares de espías anónimos, que pasan su vida revisando información monótona, aburrida y de muy poca utilidad.

Un buen ejemplo, para quien quiera adentrarse un poco en la mente del “escucha”, es el de la magnífica película La vida de los otros, que nos relata cómo un agente de los servicios secretos de la Alemania comunista termina simpatizando con los supuestos enemigos del Estado a quienes lo han mandado a supervisar.

Lamentablemente se confunden los términos y hay quien piensa que el espionaje moderno consiste en escuchar conversaciones telefónicas y en leer la correspondencia ajena. El verdadero trabajo de inteligencia es mucho más sofisticado y complejo, sus resultados rara vez se ven, pero sus fallas suelen tener consecuencias desastrosas para la seguridad de un país.

La inteligencia y el espionaje no van siempre de la mano. De hecho, son con frecuencia, como bien podemos atestiguar en México, un oxímoron.

  Acerca del autor

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una amplia experiencia en asuntos internacionales, habiendo vivido y estudiado en Israel y la antigua República Democrática Alemana, donde sus padres fueron representantes de México. Habla español, inglés y alemán, y tiene conocimientos básicos de francés y ruso.

En el sector público fue agregado cultural en la embajada de México en la antigua Unión Soviética; agregado de prensa en la embajada de México en Alemania Federal y cónsul general de México en Toronto. Fue también director de información internacional de la Presidencia de la República.

Ha publicado regularmente artículos de opinión en diarios nacionales hasta su incorporación en mayo de 2008 a EL UNIVERSAL, donde escribe la columna “El mundo según Guerra”.

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