El monólogo amoroso destruye al sentimentalismo. Al amor, Florance lo untaba en el sonido de su violín. Edward lo disolvía al mirar y tocar, en pocas ocasiones, el cuerpo de Florance. Ian McEwan, miembro no oficial del dream team de escritores británicos describe la tragedia de un monólogo amoroso. Cuando el ser deseado desea no sentir los impulsos u oleadas que el corazón replica en el terreno sexual, el deseo, de forma trémula, desfallece por imaginaria creación. Es Inglaterra tras la Segunda Guerra Mundial, el renacimiento del siglo XX. La historia de la niña educada en las artes frente al adolescente extraído de la demografía popular es hilvanada por McEwan en Chesil Beach (Anagrama, tercera edición 2008) de tierna manera. Cómo negar la frescura juvenil frente a una reflexión amorosa: “Nunca había pensado que los preámbulos del amor se realizasen como una pantomima, en un silencio tan vigilante e intenso”. La frase la piensa Florance desde su indolencia. La misma frase la pudo haber pensado Edward desde su pasión amorosa. La frontera que separa la perplejidad del deseo, del deseo de la indolencia, se borra en algunos continentes. La frontera se llama metáfora. Es la historia de ella frente a la pasión de él. Ella, Florance es desdoblada por su padre con quien mantiene una relación sin comunicación. Es aquí cuando el efecto psicoanalítico comienza a interpretar el mapa conductual de Florance. A él, a Edward, Florance lo rechaza la noche de bodas. Meses atrás Edward no intuyó que la sala de un cine es una suerte de laboratorio de amor. Y aquella noche en que los supuestos amorosos se reconocieron frente a la película Un sabor a miel y en la que Florance salió de la sala como “una gacela sobresaltada”, Edward no quiso percatarse que el deseo de ella estaba enclaustrado en un invierno sin movimiento. Y cuando la libertad de los conservadores se conquista en la noche de bodas, Edward sintió el derrumbe de sus sueños enamorados cuando la pólvora del sin deseo penetró en él. ¿Y qué se interponía?, pregunta la voz del narrador: “Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de una experiencia o desenvoltura, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma”. Es probable que la noche de bodas Florance pensara en su debut triunfal con el cuarteto Ennismore en el Wigmore Hall y no en los pantalones de su esposo. La frontera una vez más. La metáfora del pantalón como vehículo. El ambiente erótico que recrea en el enfrentamiento de la pasión frente a la indolencia es tan estético que la indolencia de Florance ingresa a un laberinto desgarradoramente bello. McEwan logra la catarsis a través del oxímoron. La decepción amorosa puede ser bella en la pluma de uno de los miembros del dream team británico. Florance y Edward pueden ser adolescentes del siglo XXI. Jóvenes con sueños y confusiones; miedos y esperanzas. La revolución del amor ocurre cuando el deseo se manifiesta como un ente ingobernable. La anarquía es su estado natural. McEwan lleva a sus personajes a una playa para cubrir con humedad los sonidos de Beethoven, Mozart, Haydn y Schubert. Florance mira al mar. Edward intenta nadar en el mar interno de Florance. Mas la humedad lo carcome, lo vence. Ian McEwan y la playa en la que se bifurca el destino de un matrimonio joven. |