Las reuniones internacionales, un tanto pomposamente llamadas cumbres, no se caracterizan por sus resultados espectaculares. Vamos, ni siquiera por resultados concretos, la mayoría de las veces.Es lo mismo el caso de las regionales, como del Grupo de Río o la Unión Africana, que el de las temáticas dedicadas lo mismo a la infancia que a metas milenarias, o de las de club, que suelen ser más frecuentemente de ricos que de pobres, aunque de todo hay. La multiplicidad de siglas y números que intentan dar cierto orden —al menos de catalogación— a la cada vez mayor presencia de grupos, subgrupos y grupúsculos en la escena internacional sólo genera más confusión y escepticismo entre una opinión pública que tiene serias dudas acerca de la así llamada globalización. La más reciente reunión del club de los países ricos, o G-8, en Japón no ha sido la excepción. Más allá de la formalización de la asistencia y participación del un ampliado Grupo de los 5 (integrado por naciones en vías de desarrollo cuyo tamaño las hace difíciles de ignorar) y de un pronunciamiento en torno a la crisis político-electoral que vive Zimbabue, la retórica de los “ricos” y de los que aspiran a serlo poco impacto tendrá en los problemas de verdad que aquejan a toda la humanidad. Ya es mucho lo escrito y dicho acerca de lo que los 8 y los 5 y los demás convidados de piedra hicieron o dejaron de hacer en torno al calentamiento global, al encarecimiento de la energía y los alimentos, a la falta de liquidez en el sistema financiero. Son pocos los que esperan que realmente se den acciones concretas y eficaces para amainar su impacto sobre las economías y las poblaciones del mundo, lo mismo el desarrollado y prospero que en el más dejado de la mano de Dios. Y es que los cuatro nuevos jinetes del Apocalipsis (el clima, la energía, los alimentos y la crisis crediticia) afectan con gran severidad a pobres y ricos por igual, con un efecto disruptivo que se siente por igual en Nueva York que en Nueva Delhi, en la granja en Kansas que en la estepa africana. Si bien obviamente el impacto final es muy diferente y mucho más dramático en el caso de los más desprotegidos, lo cierto es que los niveles y los estilos de vida están bajo amenaza en todo el mundo por estos cuatro actores malignos que han irrumpido en escena de manera simultánea. Pero más allá de discursos y pronunciamientos, lo que a mí me parece digno de rescatarse es que la participación mexicana fue mucho más activa y visible de lo que se esperaba. Para mi grata sorpresa, vi a un presidente mexicano activo e interesado, con planteamientos como el del Fondo Verde que si bien no obtuvieron mayor reacción y reconocimiento de los 8 sí son clara muestra de una visión distinta en materia de política exterior. Es demasiado pronto para dar albricias, pero me parece que del poco interés que los temas internacionales suscitaban en esta administración se está pasando gradualmente al reconocimiento de las ventajas —algunas intangibles y otras bien concretas— que una diplomacia activa y sensata puede tener para el país. Habrá quien se lamente de que México no es más el portavoz de los desposeídos (como lo fue en los setentas) o de los oprimidos (como lo fue en el sexenio pasado). A mí en lo personal me parece que ya era hora de volver a un ejercicio prudente y orientado al interés nacional y no a lo que algunos dentro y fuera de México pudieran considerar que avanzaba sus propias agendas. ¿Un regreso al pasado? Quizá, pero ya es hora de que México asuma —bajo las actuales circunstancias— el papel que le corresponde en la región, y en el mundo. |