En febrero de 1992, Alí Chumacero nos confesó lo siguiente, durante una entrevista que luego recogimos en el libro Literatura hablada: “He dicho cuanto tenía que decir. Dejé de escribir precisamente porque ya había dicho todo. Continué en la literatura y continúo. Nadie está tan dentro de la literatura como yo; pero ahora como lector”. Nacido en Acaponeta, Nayarit, en 1918, Chumacero llega a los 90 años de edad con el prestigio de ser uno de los mejores poetas vivos de México. Sus libros Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956), más algunos poemas sueltos, constituyen toda su obra poética, ceñida y rigurosa: textos magistrales que están entre lo mejor nuestra lírica. Según José Emilio Pacheco, el aprendizaje de Chumacero en el silencio dio frutos para luego callar: “En 18 años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir, y desde entonces limitó su actividad poética a la no menos difícil e inventiva de lector”. Poemas como Responso del peregrino y Losa del desconocido están entre lo más destacado de su Obra poética completa. A propósito de Responso del peregrino, en 1949, Octavio Paz le envió a su autor una carta desde París. “Tu poesía se vuelve de pronto un ser vivo, un objeto mágico, ambiguo y rico de sentidos”. Para Paz, la obra poética de Chumacero ejemplificaba, a mediados del siglo XX, la vitalidad y la innegable madurez de la poesía mexicana escrita por los jóvenes. (Alí Chumacero tenía entonces 30 años.) En 1980 Paz agregaría que “los poemas de Alí Chumacero son sucesos de la carne o del espíritu que ocurren en un tiempo sin fechas y en alcobas sin historia. Es el tiempo cotidiano de nuestras vidas cotidianas recreado por un oficio estricto que, en sus mejores poemas, se resuelve en un diáfano equilibrio”. La obra poética de Chumacero, insistía Paz, es una cristalización de lo esencial. En Losa del desconocido, el gran poeta nayarita escribe: “Cuando hayas terminado, mira este muro ardiente/ donde la bestia cumple su reposo./ Nada el azar evoca. Lejanías/ de olas invisibles, lenta/ serpiente antes del pecado o hermosas ruinas/ en fábulas al verde despeñadas/ semejan ecos de mujer/ que confundía el gozo con la reproducción./ Pasa el desconocido. Como viento/ de infamia los recuerdos sitian/ su ávido esperar la aparición: relámpago/ en la arena al naufragio parecido,/ espuma a término llegada/ bajo ira, rumor, bostezo, ociosidad./ Otros han de morir. Desde la puerta,/ quieto en el sitio del pasado,/ contemplo los placeres en patria sin espigas:/ vacío luego que se dice adiós,/ urna de oscuridad adonde/ amores no recurren ni odios se proclaman./ El huracán cesó y en torno de la estrella/ recuerda en mí la soledad su nombre”. En octubre de 2004, Alfaguara, en coedición con Conaculta, publicó Alí Chumacero, pastor de la palabra. En este tomo se recogen centenares de opiniones del poeta sobre la creación literaria, poesía, vida, arte y crítica, junto con un apéndice iconográfico. “Escribo para personas afines que me lean y comprendan”. Para Alí Chumacero, toda poesía que no tenga el arranque del sentimiento no sólo está fundada en el vacío, sino que nace condenada a la desaparición. Es cierto, añade, que “el poeta no es más que un momento frente a un mar de eternidad”, pero eso sí, “a un verso hermoso no lo tumban ni todas las eternidades”. |