Tienen razón lo mismo Manlio Fabio Beltrones, Manuel Espino y Ricardo Monreal que cualquier mortal que se queje de ser espiado por gobierno alguno, empresa o hasta por un vecino. Para nadie es una novedad que el de la intimidad es uno de los derechos más preciados por los ciudadanos en general y en todas las culturas —intimidad en sus distintas formas y en sus diversos espacios—, pero sobre todo en los gobiernos llamados democráticos. Por eso, la contraparte de la intimidad ciudadana, el llamado espionaje, es uno de los demonios que mayor escozor provoca entre instituciones del Estado, gobiernos, particulares y sociedad en general. México no es la excepción. Sin embargo, la gran pregunta es otra. Con honestidad, ¿quién está ajeno de conjugar el verbo “espiar”? O si se quiere, se puede preguntar en sentido contrario: ¿quién no espía, ha espiado o hace su vida a partir del espionaje? Una perla; en este momento la telenovela estelar de “El Canal de las Estrellas” tiene al espionaje familiar como uno de sus personajes centrales. Espía el gobierno federal y el del DF, el de acá o de allá, amarillo, azul o tricolor; espían los partidos a otros partidos; se espían entre sí los señores del IFE y el TEPJF; los ministros de la Corte; los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial; los jerarcas religiosos; los empresarios, las televisoras, telefónicas, automotrices, y los ciudadanos de a pie espían a sus compañeros de trabajo, de oficina, a sus parejas, hijos, amantes… Por eso tampoco debe sorprender una revelación como la que dio a conocer hace días el líder de los senadores del PRI, Manlio Fabio Beltrones —acaso el político más poderoso en el segundo gobierno del PAN—, y mucho menos debe escandalizar esa simpática, interesada y tramposa denuncia pública del alicaído ex dirigente nacional de los azules, Manuel Espino. En todo caso, lo que debemos preguntar es el origen del espionaje y el objetivo buscado al denunciar con esa estridencia el espionaje. ¿Por qué Beltrones denuncia espionaje y responsabiliza al gobierno de Calderón? ¿Por qué Espino se queja de que el de Calderón es un gobierno que no toma en cuenta al panismo real, por qué denuncia que 10 gobiernos del PRI apoyaron a Calderón en julio de 2006 y por qué denuncia espionaje? ¿Por qué el PRD, y sobre todo el poco serio Pablo Gómez, empuña el mismo garrote del espionaje para golpear sin una sola evidencia al Cisen? Con matices, origen, objetivos y rentabilidades distintas, detrás del nuevo escándalo de espionaje no hay otra cosa que motivos políticos. El Cisen es un buen pretexto para —en el caso de Manlio Fabio— elevar el costo de la alianza PRI-PAN, o en el extremo un ardid para romper esa relación. Más aún, se puede tratar de un montaje para que al final de cuentas produzca las condiciones de una alianza PRI-PRD capaz de una reforma petrolera a la que el PAN se sumaría como convidado forzado. Espino y Gómez —o si se quiere, la ultraderecha y un sector del PRD— buscan su propia tajada con el escándalo del espionaje, y si bien antagónicas la derecha y la izquierda —los extremos se juntan—, parece que encontraron el camino para cobrar una venganza pendiente y para debilitar uno de los centros nerviosos más importantes del gobierno y el Estado mexicano, como es el Cisen, su director y las capacidades del acción. En los tres casos, como si no supieran Beltrones, Espino y Gómez la importancia en democracia del espionaje —o acaso porque lo saben y pretenden renta a su favor—, enarbolan el espantajo del espionaje, a sabiendas de que se trata de un tema tabú, que vende y se vende bien, y de cuya filosofía poco se sabe y menos se entiende. Está claro que nadie quiere ser espiado, pero también que todos o casi todos son o somos espiados, sobre todo políticos, periodistas, empresarios, hombres de poder. En uno de sus clásicos, El futuro de la democracia (Barcelona, Plaza y Janés, 1985), Norberto Bobbio se refiere precisamente a los “poderes ocultos” de la democracia, como el espionaje; a las “razones de Estado” y a las “mentiras de Estado”, y advierte que la discrecionalidad de esos “poderes ocultos” y su necesidad de operar en opacidad genera conspiraciones e intrigas. Dice: “No hay Estado democrático que haya renunciado al espionaje”, que por definición “es un poder oculto”. Y concluye: el problema no es el espionaje, sino es el uso distorsionado de la información motivo de él. ¿Por qué Manlio, Gómez; PRI, PAN o PRD no reglamentan al Cisen? Porque así como está sirve a todos, a opositores y al partido del poder. Lo demás es grilla. EN EL CAMINO Sin guardar las formas, Marcelo llamó a los de Televisa, TV Azteca, Fórmula, y otros, y casi en fila india los recibió. Control de daños. |