Suerte inútil
A media temporada de lluvias metió la mano en la bolsa interior de su impermeable azul marino y apareció como por arte de magia un billete de doscientos pesos. “A saber cómo fue que llegaron ahí”. Con un largo suspiro, salió rumbo a su casa, más rápido de lo habitual.
“El aliviane de la lana es otro pedo”, pensó mientras caminaba y se acordó que ese impermeable se lo prestó a su amigo Sergio, un güey que vive en Querétaro y al que sí le sobraba la lana. Agradeció el descuido. La sensación de encontrar un billete de la cantidad que fuera, era como sacarse la lotería.
Regresaba cansado. El día entero se la pasó subiendo y bajando esas malditas escaleras incómodas que algún ojete pendejo diseñó con las patas, pero lo de la lanita en el saco le mejoró el humor al cien por ciento. Hasta el ritmo de caminar le cambió.
Llegaría a su casa a invitar a su reinita a echarse unas chelas, un cinito y hasta unos tacos al pastor o tal vez ir a bailar, ¿por qué no? Pero antes, antes de hacer todo eso, le iba a volver a contar cómo fue que se enamoró de ella e iban a comenzar a besarse como en la fiesta de Doña Queta. Lo primero, le quitaría los chones. Sí… quería agasajarla, agasajarse los dos, morderle el cuello como animal, sentarla en la mesa de la cocina y después de cargarla, la iba a recargar en la pared para escucharla pedir que se la meta más, que le dé duro con su pistola. “Otro poco más”, la podía oír gritar. Ya, hasta se la iba sobando en el camino.
Él y su mujer echaban muy buenos palos. Él y su vieja eran naturalazos. Adán y Eva personificando la película La laguna azul que vieron juntos el día que le llegó.
Cuando abrió la puerta se la encontró en pants, gritándole al niño que se lavara los dientes y que se durmiera de una vez. “Estoy hasta el copete, harta…”, ¿cómo no? Le mostró las humedades de la casa gritando que el techo se les iba a caer un día encima, que no alcanzaba con lo que él ganaba. Trató de calmarla; hacerla entrar en razón, le explicó que no había por qué ponerse en ese plan.
—Es que la vecina no quiere pagar ni madres comenzó a calentarle la cabeza con esa historia y a hacerlo encabronar.
—Dame chance de llegar, no mames —le gritó perdiendo la calma.
—No me entiendes, ya hablé yo con ella y me dejó con un dolor de cabeza que no me soporto sola. Aparte, mi mamá quiere hablar contigo; quiere que consigas el departamento de tu tío en Acapulco para irnos todos juntos unos días.
La casa estaba tirada y la cocina olía mal.
—No ha venido la chica que me ayuda —dijo quejándose del desorden—, y es que yo no puedo con todo. Me está estallando la cabeza, quiero ver mi novela con calma, ¿puedo una hora tener calma, yo?
Comenzó a desvestirse y logró fugarse al partido final de la Eurocopa. Pudo ver a Fernando Torres volver a meter el gol. Chutar, saltar y anotar al mismo tiempo. Un microsegundo de gloria.
Gustavo, sin cenar, se acostó en la cama y con esa sensación de triunfo que le vio a el niño Torres, cerró los ojos. La imagen se fue desvaneciendo y él se acordó de cómo le gustaba su reinita cuando la conoció. Soñando despierto cayó dormido. Ni siquiera pensó en los doscientos pesos que olvidó ahora él dentro del impermeable.
—Si yo me la paso muy sola —le decía ella a su mamá por el teléfono mientras estaba la novela—, apenas llega se queda dormido, yo no sé que hacer, es como tener un robot, un huésped en casa entre semana. Todo el tiempo se la pasa dormido. Estoy hasta la madre… mañana veo lo de Acapulco… sola, te digo, me la paso siempre sola.
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