La liberación de Íngrid Betancourt —y 14 secuestrados más— es noticia mundial. Vivimos en la edad de la “instantaneidad”. No hay tiempo, “neutral”, de reflexión. Los hechos, brutales, se instalan en nuestras vidas y no permiten la distancia meditativa. La dimensión planetaria del acontecimiento colombiano plantea dos interrogaciones iniciales: primo, si cabe asumir la liberación de Íngrid Betancourt como un momento objetivo de la libertad o, secondo, si se trata de otro momento subjetivo de la lucha de clases a escala. La reacción globalizada, en términos de comunicación y de emoción colectiva, nos indica que existe una interpretación mayoritaria: que la liberación de Íngrid Betancourt es un momento objetivo de la libertad y, claramente, una negación de la cultura de la violencia, incluida la violencia como una proposición revolucionaria. Ese rechazo es real. Previamente a la realización concreta de la acción militar libertadora —inseparable de la debilidad objetiva de las guerrillas y de la colaboración de ciertos de sus integrantes en el momento objetivo de la libertad— se habían producido ya, en el mundo, manifestaciones masivas contra un modelo revoucionario-guerrillero cuyo sistema de reproducción era inseparable, objetivamente, del secuestro y de una relación “económica” con el narcotráfico. No se ha aceptado. En síntesis, esa interpretación ideológica, una “moral” propia, autónoma, exenta de toda connotación ética y autocrítica fundada, en abstracto, en la ne-cesidad revoluciona-ria, transportaba consigo una inmensa contradicción filosófica y, en su sentido socrático y ético por tanto, insuperable: que no existe divergencia entre “medios y fines”. Medios y fines constituyen, al revés, una unidad dialéctica, indisociable entre sí. Cuando se acepta su divergencia en términos de “voluntad” se destruye cualquier proyecto, ético, de transformación de la sociedad. Véase México. La debilidad, irreversible, de las guerrillas colombianas, no tiene explicación objetiva más clara que esa: que es imposible vivir separando, sin más, medios y fines. La crueldad, la violencia encadenadora de la libertad, el desprecio a la dignidad humana contra los secuestrados, transportaba consigo, sin excusa, un conflicto ético insuperable. Las guerrillas, “ideologizando” una cultura de la violencia se sometían, a sí mismas, a una tragedia cultural: al aislamiento y a la tentación de poseer la verdad sin un juicio autocrítico. Modelo no sólo rechazable, sino desposeído de los vínculos esenciales de relación dialéctica con el “otro”. En suma, un proyecto político sin salida. Para Íngrid Betancourt “su” libertad le plantea, socráticamente, el “esclarecimiento” de su libertad con sus liberadores. Ella, desde su magnético proceso político, había condenado el régimen colombiano como corrompido. Generador de la violencia histórica en el siglo XIX y transformador de la violencia, en el siglo XX, en una categoría ordinaria. En efecto, los paramilitares y el dinero del narcotráfico se asocian, también, a formas políticas “respetables”. Además del “síndrome de Estocolmo”, Íngrid Betancourt transportará consigo, después de la euforia, una lectura de la democracia colombiana y latinoamericana que ha impuesto una ideología, por ejemplo, “electoral”, pero sin eliminar ni la desigualdad ni la violencia objetiva de una justicia patrimonio de los poderosos sin la connotación convivencial básica de la igualdad —para todos— ante la ley. Íngrid Betancourt regresa libre a la libertad. Su problema ético —no confundo ese compromiso con la moral cotidiana de los partidos como “sociedades anónimas”— consiste en cómo incorporarse a la política desde la libertad que no es el neoliberalismo cotidiano. Dejémosla, ahora, con sus gentes y sus hermosos hijos. Ella tiene que vivir estas horas. Las siguientes son suyas. Nuestras también. |