El operativo militar y de inteligencia que puso en libertad a 15 de los rehenes que la guerrilla colombiana mantenía en su poder representa un duro golpe para la nueva dirigencia de las FARC, que debe en estos momentos estarse preguntando si acaso el 2008 será su annus horribilis.La liberación de la ex candidata presidencial y ciudadana francesa Íngrid Betancourt y de tres contratistas estadounidenses ha garantizado una muy amplia cobertura mediática en todo el mundo, enfocada por un lado en el operativo en sí, que parece digno de una película, y del impacto negativo que esto tiene para uno de los grupos armados más longevos del hemisferio occidental. Conforme se van conociendo los detalles de esta operación quirúrgica a la que Betancourt llamó “impecable” nos damos cuenta no sólo de la eficacia del ejército colombiano sino también —y sobre todo— del nivel de desgaste e ineficiencia al que han llegado las FARC en su situación actual. El boom propagandístico para el gobierno de Álvaro Uribe será espectacular y prácticamente podría asegurarle la renovación de su mandato presidencial. En los últimos meses el grupo armado ha debido enfrentar la muerte, bajo distintas circunstancias, de sus dos principales líderes, la rendición de una de sus comandantes y, ahora, lo que no puede describirse más que como una humillante operación que puso de manifiesto las crecientes debilidades y vulnerabilidades del hasta hace poco formidable aparato guerrillero colombiano. El descabezamiento de las FARC ha tenido un efecto desmoralizador sobre la tropa, independientemente de que en toda organización de ese tipo siempre la salida o la muerte de uno de los dirigentes genera desconcierto y desorden. Por más que muchos grupos terroristas o clandestinos suelan operar en células semi-autónomas para evitar que la captura de uno de sus integrantes afecte al resto de la organización, no hay manera de evadir el impacto en la operación y en la cadena de mando de la muerte de un alto comandante. Pero más allá del impacto devastador de la muerte o deserción de sus dirigentes, el operativo de rescate deja a las FARC sin una de sus principales cartas en la dinámica perversa de combate y negociación en la que ha pretendido colocar al gobierno colombiano. Por si eso fuera poco, el testimonio de Betancourt y los otros liberados da cuenta de las condiciones inhumanas bajo las que estas supuestas fuerzas de liberación mantienen a rehenes que con frecuencia no son siquiera combatientes y que deben soportar tratos que la misma Convención de Ginebra encontraría escandalosos si se tratara de prisioneros de guerra. En más de una ocasión las FARC tuvieron la oportunidad de liberar a algunos rehenes en respuesta a pedidos internacionales, incluidos el del gobierno de Francia y el del mismo Hugo Chávez de Venezuela, quien en días recientes cambió radicalmente su postura y solicitó a las FARC la liberación incondicional de sus secuestrados. Al hacer caso omiso de esas peticiones, la guerrilla se colocó en el peor de los mundos: sin sus rehenes más valiosos y sin el crédito de haberlos dejado ir. Al oprobio internacional por sus execrables prácticas, las FARC deberán añadir ahora el descrédito interno, pues muchos de sus militantes compartirán el sentimiento de humillación que debe generarles este revés. Lo más probable es que intenten, para demostrar que aún son fuertes, lanzar ataques de alta visibilidad y altos costos en vidas humanas. ¿Patadas de ahogado? Ciertamente más que eso, pero hoy la guerrilla colombiana está contra las cuerdas. |