La fragmentación del gobierno del DF, el estilo de liderazgo de Marcelo Ebrard y su precaria relación con el presidente Felipe Calderón —a quien legalmente le debe dar cuenta del manejo de la fuerza pública de la capital— han conducido a la prolongación de una crisis que se está volviendo inmanejable en la medida en que el jefe de Gobierno no acierta a poner orden en su gabinete de seguridad. Tras las muestras de aplomo y compasión con las víctimas de los primeros días, el jefe del GDF inició una caída que no cesa, a punto de completarse la segunda semana de indecisiones, contradicciones y choques internos en el gabinete local. Hace una semana Ebrard ya había perfilado en dos funcionarios la responsabilidad política del desastroso operativo policial en la delegación Gustavo A. Madero. El jefe delegacional aceptó su separación del cargo, pero el secretario de Seguridad Pública, Joel Ortega, se habría negado, para enseguida declararle la guerra al procurador de Justicia defeño, en respuesta al informe ministerial que incriminó al jefe policial. Luego, el propio Ortega estableció comunicación directa con la Presidencia de la República, que Ebrard no reconoce por disposición de Andrés Manuel López Obrador. Y esta semana el propio Ebrard sorprendió con un reconocimiento a Ortega que se leyó como exoneración, sólo para al día siguiente declarar que son totalmente contrarios a su política y convicciones operativos como el del New’s Divine, responsabilidad del mismo Ortega. Policías al grito de guerra Como lo muestran los primeros estudios de opinión tras la tragedia, el liderazgo de Ebrard se ha encogido. Aparece comprimido, de un lado, por el mando de AMLO, y del otro, por la autonomía de Ortega, a quien se identifica con su homólogo en el gabinete de Calderón. Y no van mejor las cosas en el establecimiento de las responsabilidades penales. Ayer el juez pudo haber echado abajo o no la extravagante consignación por homicidio doloso hecha por la Procuraduría local contra el coordinador de las policías capitalinas en la delegación Madero, Guillermo Zayas. Pero en todo caso la hábil defensa de éste ha dejado en claro que, si Zayas es culpable, también lo es, con las mismas bases, Marcelo Ebrard de los linchamientos de Tláhuac en 2004. A la debacle del liderazgo de Ebrard pueden seguir otras peores. La guerra intestina en su gabinete de seguridad, entre un procurador y un jefe policial que tienen mando sobre importantes efectivos armados, hace temer que sus embestidas podrían pasar en cualquier momento de las filtraciones en los medios a algo más. Por lo pronto, con sus judiciales y preventivos en guerra por imponer su versión de la tragedia, Ebrard se ha visto impedido de cumplir en dos semanas el primer requisito de manejo de crisis y restauración de liderazgo: realizar un ejercicio inequívoco de rendición de cuentas sobre lo que pasó y anunciar las soluciones de raíz a los problemas aflorados. Cero en manejo de crisis Tampoco lo han dejado cumplir el otro requisito básico: asumir las responsabilidades institucionales y establecer con claridad las que les corresponden a sus subordinados y a los demás. En este trance se han violado todos los principios de comunicación en situaciones de crisis: a) Sólo informar de hechos, no especular con lo que podría pasar o haber pasado. Y hace una semana se citó a conferencia de prensa del jefe de Gobierno y se filtró que allí se anunciaría la separación del secretario de Seguridad Pública, la que finalmente Ebrard no pudo obtener ni anunciar. b) Sólo dar versiones institucionales congruentes. Y las de su procurador y su secretario de Seguridad siguen en confrontación. c) Contar con un vocero único. Y lo único que ha abundado son declarantes oficiales en permanente contradicción. |