Leo con interés en Le Monde, la crónica de Langellier. Se titula Lettre d’Amérique du Sud o Carta de América del Sur. Recupera una de las emisiones populares de Hugo Chávez, presidente de Venezuela. Su Aló, presidente. Se refiere al episodio 312. El tema del día, una lección de historia sobre la vida del mariscal Antonio José de Sucre. Supongo que hablaría de la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. En esa batalla Sucre derrotó al último ejército español en América. El virrey La Serna quedó prisionero, y con él todo su estado mayor. Con esa batalla se cerraba el ciclo histórico de la independencia. Unos meses antes —el 6 de agosto— Simón Bolívar, el jefe directo de Sucre, ganó la batalla de Junin. En síntesis, con Junin y Ayacucho se terminan las grandes batallas de la emancipación y el imperio español se despide de tres siglos de hegemonía. Lo que me deja asombrado es que el presidente venezolano, según la crónica de Jean-Pierre Langellier, cerró su relato proclamando “al glorioso difunto” Sucre “como socialista”. Ese ejercicio de la simplificación no es el mejor camino para educar a los pueblos. Antonio José de Sucre descendía de una gran familia originaria de los dominios españoles en los Países Bajos. Al liquidarse el dominio español en Europa, después del Tratado de Utrecht, en 1713, esa familia se instaló en España y la Corona premió a Carlos Sucre nombrándolo gobernador en 1729 de Nueva Andalucía, después de haber servido en Cuba y Cartagena de Indias. Un hijo suyo, Vicente Sucre, en Venezuela fue exponente de las grandes familias criollas y eligió el ejército. Fue comandante de un batallón de Husares, al igual que el padre de Bolívar fue comandante del batallón de Voluntarios Blancos de Caracas, donde después Bolívar hijo, a los 15 años, sería subteniente. Familias ricas, privilegiadas, con esclavos. No había cumplido Sucre sus 16 años (nació en 1795) cuando se produjo en 1810, en Caracas, el movimiento insurreccional. Vive Sucre, desde ese año y hasta la batalla de Ayacucho, la epopeya de las guerras de independencia. Siempre bajo el mando de Bolívar, 12 años mayor que él. Bolívar era hijo de una de las familias más ricas de América. Después de las dos victorias, la de Junin y Ayacucho, Bolívar fue la gran figura de América. La correspondencia entre los dos es, en el fondo, la de un padre y un hijo. Lo cierto es que, liberados los países “confederados” (Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Perú), Bolívar otorga a Bolivia en 1826 la primera constitución y Sucre pasa a ser su primer presidente. Sucre no tenía ningún afán de poder y renunció al cargo en 1829. Ya en 1826 le escribía a Bolívar que, cumplida su tarea, quería casarse (le dice “estoy ligado con la señorita Solanda en Quito”) y tener una vida tranquila de familia. La nueva oligarquía —bajo pretextos injustos— cercó a Bolívar, y éste a su vez abandonó todo el poder. Se dirigió, con mínimos acompañantes, hacia Caracas en busca de su ciudad natal. No llegaría nunca. Murió en el camino, en 1830. Tuvo tiempo de saber que Sucre había sido asesinado el 4 de junio de 1830. Éste se dirigía hacia el sur con el fin de evitar lo inevitable: el desgajamiento de la Unión. Pero su proyecto fundamental, lo repite en sus cartas, es retirarse con su familia. Eligió el peor derrotero para reunirse con los suyos. En el camino lo asesinaron. Su última carta a Bolívar es del 8 de mayo de 1830. Le dice: “Cuando he ido a la casa de U., para acompañarlo ya se había marchado. Acaso es esto un bien, pues me ha evitado el dolor de la más penosa despedida. Ahora mismo, comprimido mi corazón no sé qué decir a U.”. Dos generales han quedado bajo sospecha en el asesinato de Sucre. Nunca quiso el poder y anhelaba irse con los suyos. Su gloria no nos permite bautizarlo “socialista”. Es una arbitrariedad. |