En poco menos de tres décadas, Robert Mugabe pasó de ser uno de los héroes de la liberación africana y de la lucha contra el racismo a ser el villano favorito del continente negro.La farsa en la que se convirtió el proceso electoral en Zimbabue tiene tintes trágicos no sólo por las vidas que ha cobrado, sino por el enorme retroceso que significa para esa nación, que tantos eventos traumáticos debe ya a su sempiterno presidente. Casi un centenar de muertos y un cuarto de millón de desplazados es el saldo inmediato de lo que comenzó como un ejercicio de afirmación de la libertad y determinación ciudadana y culminó en una segunda vuelta de votación, el viernes pasado, en la que ni siquiera la coerción ejercida por el gobierno hizo que la gente saliera a votar por el único candidato disponible. Mugabe, por supuesto, fue el solitario candidato, después de que su contrincante en la primera ronda —Morgan Tsanvirae— se retiró en protesta por la manipulación electoral y por la represión desatada contra sus seguidores tras las elecciones de fines de marzo en las que hasta los mismos conteos del gobierno reconocieron la ventaja opositora. El truco para evitar su victoria fue simple: negarle por medio del fraude y la manipulación la mitad más uno de los votos y obligar con eso a una segunda vuelta que estaba de antemano decidida. La historia de Zimbabue está inextricablemente ligada a la de Mugabe, quien se distinguió como un fiero luchador por su independencia del yugo de la supremacía blanca en la antigua Rodesia, cuya reputación era aún peor que la de su vecina Sudáfrica en lo que tocaba al tratamiento de la mayoría negra. Durante los 70 y 80 Robert Mugabe era legendario, primero como líder de la guerrilla liberadora y luego como el jefe de Estado de lo que prometía ser un nuevo modelo para África, un gobierno compuesto por dos combatientes históricos (Mugabe y Joshua Nkomo) que lograron darle forma y articulación a su lucha armada, que supieron poner a un lado sus diferencias facciosas y encontrar un modelo ideológico de corte marxista que respetaba sin embargo los derechos de la minoría blanca por mandato constitucional. No fue sino hasta finales de los 90 cuando Mugabe se radicalizó, ordenando la expropiación sumaria de las propiedades agrícolas de los blancos, provocando un éxodo masivo de personas altamente capacitadas y sentando las bases del colapso de la producción agropecuaria y posteriormente de la economía de su país. Hoy, las estadísticas nos pintan un escenario de pesadilla. La inflación es de 100 mil%; la esperanza media de vida es de 35 años y las muertes por HIV/sida se cuentan en los centenares de miles. Zimbabue se ha convertido en un apestado en la comunidad internacional, ejemplo de cómo quebrar a un país próspero y prometedor y convertirlo en un caso de emergencia. Más allá de las cifras, el espíritu de la ciudadanía está, si no quebrado, al menos gravemente afectado después de que Mugabe demostró una vez más estar dispuesto a cualquier cosa para conservar el poder. La falta de solidaridad de sus vecinos, particularmente de Sudáfrica, debe tener decepcionados a los habitantes de Zimbabue. Hay quien dice que las naciones africanas no han denunciado con rigor a Mugabe por una especie de racismo al revés, por tratarse de un icono de la lucha contra el racismo y el apartheid. Puede ser, pero hoy lunes los líderes africanos tendrán una oportunidad para reivindicarse cuando reciban en la cumbre de la Unión Africana al recién reelecto Mugabe. Si ponen en su lugar al otrora héroe y hoy villano, tal vez lo hagan recapacitar. Su lugar en la historia no está aún definido. |